VIVIR
A veces este oficio de vivir
se hace duro. Especialmente
cuando el camino de regreso
hay que gatearlo solo,
en contravía, porque
algún hado maléfico
se llevó para siempre
los rostros amados, aquellos
que nos hicieron la guardia
y vigilaron nuestro paso
para que no tropezáramos
en el primer tramo del sendero,
y la vía alfombrada
de musgos y siemprevivas
se ha llenado de espinas.
Caminamos entonces encorvados,
como arcos de violines rotos,
como bloques de mármol
con sus estatuas aún cautivas
cargadas a la espalda,
cruces con sus maderos invisibles
crucificándonos otra vez
por todos los pecados del mundo,
hiel y vinagre en los labios
secos, escamosos.
Y el eco
no devuelve nuestra voz
como si le hubiéramos
arrancado la garganta,
y a cada lado encontramos
acantilados y cavernas
habitados por monstruos
de una tragedia
cuya representación no vimos
antes, y el parche de cielo azul
que nos prometieron
al final del camino
no aparece por ninguna parte.
Entonces comprendemos
que mientras estábamos
ocupados en sobrevivir
alguien nos cambió
las reglas del juego.
¡Qué difícil es este arte
de vivir y de morir!