LA
PEREGRINACIÓN
Un cuento
bugueño
Por
Amparo Jaramillo-Restrepo
El valle
amanecía temprano ese día, no solo en la vía que llevaba a Buga,
Colombia, la ciudad del “Señor de los Milagros”, sino en los caseríos
tendidos como pañuelos blancos entre el mar verde dulce de los
cañaverales. Con meses de anticipación, las vendedoras de frutas y
golosinas se preparaban para hacer su agosto entre los peregrinos que
acudían a visitar al famoso Cristo.
Desde su
hacienda “El Mirador” el Doctor Rendón ajustó los binóculos para mirar
al horizonte y contempló a lo lejos los primeros caminantes moviéndose
como autómatas sobre la carretera central. “Míralos, María Elisa, si
parecen zombis; te aseguro que a muchos de ellos tendrán que entrarlos a
La Basílica en camilla. Todos los años es lo mismo. Es la peregrinación
más gigantesca que hemos visto en mucho tiempo”.
“!Milagros! si, una lotería o un golpe de suerte que cambie
drásticamente la oprobiosa rutina de su existencia. Es todo lo que les
queda por pedir en este inefable paraíso de promeseros y de pícaros”,
comentó filosófica la mujer arrebujada en su manta de colores.
Allá en
la carretera mientras tanto un vaho caliente se condensaba sobre las
frentes calenturientas de los peregrinos, pero la mayoría continuaban
incólumes, como si una fuerza misteriosa los empujara hacia delante, un
como deslumbramiento del cual se negaban a despertar por miedo a
enfrentarse de nuevo con su implacable realidad. Y así, suspendidos
entre el mágico escenario de mitos y leyendas, repetían como todos los
años el mismo rito que miles de seres humanos, tan huérfanos de milagros
como ellos, habían protagonizado por siglos, desde aquella remota
ocasión en que, según la leyenda, una humilde lavandera encontrara
flotando en el agua cristalina del Río Guadalajara un pequeño crucifijo
y lo instalara como un tesoro en su pobre choza, en donde según la
tradición empezó a crecer ante los ojos alelados y la veneración de los
lugareños.
En ese
entonces Buga era apenas una aldea somnolienta inscrita en un remoto
paréntesis del tiempo, y el río un torrente virginal que no había
perdido aún la memoria de su cauce. Pero con el correr de los años la
devoción al Milagroso se fue
extendiendo, alimentada por relatos de curaciones inexplicables
atribuidas al famoso Cristo, hasta que la Jerarquía Eclesiástica se vio
obligada a construir una modesta ermita primero; más tarde un suntuoso
templo elevado luego a la categoría de Basílica, y posteriormente, un
moderno complejo turístico con hosterías, restaurantes, y almacenes
dedicados a la venta de recuerdos y reliquias religiosas.
La
multitud crecía por momentos en la carretera y la marcha se hacía cada
vez más dificultosa. Había de todo: rostros morenos y aceitunas, pies
que marchaban ágiles con la energía de la juventud y espaldas
encorvadas por el peso de los años; paralíticos que sonreían desde el
frío letargo de sus huesos y ciegos que apacentaban formas y colores
desvaídos en la elusiva morada del recuerdo. Algunos como Marcela
viajaban solos, tratando de pasar desapercibidos, mimetizados entre el
barullo humano, que semejaba a lo lejos un desfile de hormigas, con las
hojas de sus vidas abiertas a la espalda.
Una
familia entera había llegado desde Puerto Rico para pedir por la salud
de su padre, mientras Amelia, una frágil mujer que se asomaba apenas a
la adolescencia desde el abismo insondable de sus ojos, oraba por el
retorno de Alberto, compañero de juegos infantiles y sueños truncos,
quien se marchara un día a la guerrilla sin despedirse siquiera, como si
se tratara de una aventura más, la única capaz de rescatarlo del sopor
de su pueblo.
A las
tres de la mañana sonó el teléfono celular en el ámbito de un viejo
confesionario en las entrañas del enorme templo. Rogelio se despertó
sobresaltado, los miembros entumecidos doblados en el vetusto sillón, y
buscó a tientas el aparato sin recordar dónde se encontraba. Al
contestar oyó la voz cavernosa de Mario Aguilar que decía: ¡“Tres y
cinco de la mañana. A sus puestos. La “Operación Milagro” está en
marcha!”.
Enfocó
con su linterna los alrededores para no tropezar y se dirigió a la
puerta principal para abrir la enorme puerta. “Buen trabajo, Esteban”,
dijo para si al comprobar que las llaves maestras funcionaban a la
perfección y el sofisticado sistema de alarmas estaba desactivado, y
giró su cuerpo hacia la nave principal para alumbrar el paso del grupo,
que marchaba en ordenada procesión, cargando sobre sus hombros a la
sagrada imagen.
Aquí
termina el turismo y empieza la oración”, rezaba un slogan sobre una de
las mini pantallas electrónicas colocadas a la entrada de La Basílica,
pero esta vez los hombres no repararon en él, ocupados como estaban en
penetrar la semioscuridad y cansados por el esfuerzo casi sobrehumano de
contener la respiración, y moverse con el mayor sigilo mientras cortaban
con el aparato de rayos láser la urna de cristal que protegía El Señor
de los Milagros.
En épocas
no lejanas, según recordaba Mario, se exponían en el recinto una
variedad casi infinita de artículos dejados por los fieles agradecidos:
muletas, réplicas de huesos y miembros humanos, zapatos ortopédicos,
etc. Pero en la actualidad esos objetos habían cedido el paso a
demostraciones más a tono con la nueva filosofía de la Iglesia, y las
únicas manifestaciones de gratitud permitidas por los Padres
Redentoristas, encargados de la custodia del templo, eran las que se
grababan en mosaicos adosados a las paredes del camerino, sin descartar
por supuesto las limosnas millonarias que según comentarios se recogían
en grandes costales para enviarlas luego a España.
Durante
una semana los hombres encargados de la “Operación Milagro” visitaron
diariamente el templo hasta familiarizarse con su papel particular
dentro del operativo. Pero esa noche, al traspasar la puerta principal y
encontrarse con el espacio abierto de la plazoleta, el terror agazapado
allí en el fondo de sus conciencias saltó de pronto, atenazándoles los
músculos e imprimiendo a la marcha un ritmo cacofónico. “Perdónanos
Cristo Milagroso por hacerte esto”, imploró José levantando el rostro
para no tropezar; y Mario, que notara el nerviosismo de sus compañeros,
dijo tranquilizador: “todo en orden, sigan avanzando unos metros más”.
Tanto él como Gregorio y Esteban quienes marchaban a la retaguardia
listos a enfrentar cualquier tropiezo, vestían los mismos hábitos
carmelitas del grupo que cargaba el anda. La “Operación Milagro”,
planeada hasta en el más mínimo detalle, estaba a punto de concluir, sin
un solo tiro, tal y como lo había ordenado el patrón.
A no ser
por Oscar Ordóñez quien presenció y filmó todo desde su ventana en “La
Casa del Peregrino”, la noticia de la desaparición de la venerada imagen
hubiera quedado sepultada ahí, en el ámbito secreto de la Basílica,
registrada solamente en el archivo de la comunidad.
El
periodista había llegado la noche anterior, pero a eso de las tres de la
mañana lo despertó un agudo dolor de muela. Se dirigió entonces al baño
para tomar un calmante, pero como un asfixiante aire caliente envolvía
el cuarto, abrió la ventana para respirar la brisa del amanecer. Y allí
se quedó inmóvil, contemplando la desvelada y desierta plazoleta bajo un
cielo reverberante de estrellas. En unas pocas horas, pensó, cuando
empezaran a llegar los peregrinos, el lugar se convertiría en un
verdadero mercado persa.
¡Maldita
la ocurrencia del director!: enviarlo a cubrir una peregrinación, como
si no hubieran suficientes noticias en un país convulsionado por el
narcotráfico, la guerrilla y la politiquería... Atormentado por el
dolor, no reparó inmediatamente en el grupo de monjes que salía en ese
momento de La Basílica en dirección a la plaza, hasta que descubrió a
dos hombres uniformados bajo su ventana, alumbrando el espacio con
sendos reflectores, en una frenética danza luminosa que tendía festones
plateados sobre los techos de las casas coloniales. Entonces si, en un
acto impulsivo, casi mecánico, empezó a disparar su cámara y lo captó
todo: los uniformados guiando al helicóptero, el grupo de frailes
caminado con bulto al hombro, los individuos que marchaban a
retaguardia y cuyos rostros podía distinguir perfectamente amparado por
la oscuridad cómplice de su habitación, y por último la llegada del
aparato que como un enorme y ululante moscardón se posó sobre la plaza
unos minutos, exactamente el tiempo preciso para recoger a los monjes y
su misteriosa carga.
Por unos
instantes permaneció ensimismado, presenciando cómo el pájaro metálico
se alejaba hacia la Cordillera. Tenía entre sus manos la cámara, y los
pensamientos dispersos, sin saber hacía dónde encaminar sus pasos. Y
aunque la razón lo prevenía contra el peligro de buscar noticias
sensacionales en actos tan normales como la marcha de unos curitas
trasnochados con un bulto a cuestas, en vísperas de una fiesta
multitudinaria, su instinto de periodista le decía a gritos que ahí
frente a sus narices se desarrollaba un drama que daría mucho que
hablar en los días por venir.
Prendió
la luz para revisar el material en la cámara y presa de una enorme
excitación comprobó algunas incongruencias en la indumentaria de los
supuestos monjes, como zapatos tenis y barbas pobladas Observó también
que uno de los monjes de la retaguardia cargaba una ametralladora. Sin
contar con el uso de un helicóptero privado, todo hacía suponer que
allí había gato encerrado. Y aunque sabía muy bien que un hábito o un
uniforme no eran prueba de nada en un país en donde los guerrilleros se
visten de militares y viceversa, se lanzó a la calle con la esperanza
de que los hombres hubieran dejado la puerta del templo abierta.
Cuando
entró a la casa de oración La Basílica desnuda de peregrinos le pareció
más majestuosa que nunca. Caminó lentamente por la nave central, mirando
a lado y lado para asegurarse de que todas las imágenes estuvieran en
sus nichos respectivos, hasta que oyó un grito agudo, casi visceral,
que conmovió hasta los cimientos la edificación y se magnificó en los
decorados rococó: “¡Auxilio! El Señor de los Milagros ha desaparecido!”
Esas
habían sido exactamente las palabras, y el periodista seguiría firme
respaldando su historia, porque después de eso había apresurado el paso
hasta llegar al altar mayor y alzado la cabeza para contemplar, con ojos
atónitos, y filmar luego de carrera, el mismo escenario de destrucción
que contemplaran varios sacerdotes, con el rostro demudado por las
lágrimas: la urna rota y vacía de su venerado patrón. Aunque más tarde,
acosado por los periodistas que habían caído sobre Buga como moscas,
después de que su periódico y RCN publicaran las fotos y la noticia, el
Padre Superior saliera con la historia de que un amago de incendio había
dañado parcialmente el camerino y por esa razón estaría cerrado por
algunos días, pero que en su lugar se había erigido un altar provisional
para alojar temporalmente al “Señor de los Milagros”.
Antes de
la aclaración del Padre Ignacio, multitud de peregrinos habían caído de
rodillas o sufrido deterioro en su condición física a causa de la
primera noticia difundida por los radios transistores; pero luego con
fuerzas renovadas continuaron la marcha, mientras escuchaban las
explicaciones del sacerdote sobre la forma casi milagrosa como se había
salvado la imagen por tercera vez: la primera allá en tiempos coloniales
cuando un visitador apostólico ordenó quemarla, por encontrarse en un
lamentable estado de deterioro; pero el Cristo salió ileso, aunque
estuvo sudando por varios días, mientras los fieles, atónitos ante el
milagro, empapaban algodones en su sudor para guardarlos como reliquias.
Años más tarde un hombre poseído por un ataque de locura disparó varias
veces su arma contra la imagen, en plena procesión, pero los proyectiles
rebotaron contra la madera y cayeron al pavimento. En cuanto a la
versión del robo, el Padre Superior agregó que el Cristo Milagroso
seguía en su Basílica esperando la visita de sus fieles, y los Padres
Redentoristas estarían en pie por el resto del día y buena parte de la
noche administrando los sacramentos a los peregrinos que de todos los
puntos cardinales llegarían a Buga.
Ordóñez
oyó perplejo por la incredulidad las declaraciones del Redentorista
transmitidas a través de los parlantes de la cafetería. Mientras
contemplaba la interminable cola para entrar a La Basílica, miraba
el reloj con la esperanza de que el Doctor Arizabaleta, experto en
asuntos del Milagroso, pudiera confirmar su teoría: que en lugar de la
imagen sustraída, se hubiera colocado una réplica del “Señor de los
Milagros”.
Entre
tanto, otro asunto ocupaba su mente. La curiosidad por saber quién se
había robado el famoso Cristo. “Esta tiene que ser la obra de un loco o
de un desesperado”, concluyó.
Si, ¡un
desesperado!, alguien que no tenía ya nada que perder y continuaba
jugando a Dios, como cuando tenía quince años y cometió su primer
delito: el robo de una máquina de coser para que su madre, que había
alumbrado por años a San Cayetano, su santo de cabecera, pudiera por fin
ganarse el sustento decentemente, sin dejarse estafar por la dueña del
taller. Doña Soledad no lo olvidaría nunca porque era un domingo, día en
el que generalmente el muchacho se entretenía jugando fútbol. Pero ese
día no aguantó más: “Los pobres no podemos esperar milagros de nadie”,
dijo. “Tenemos que fabricarlos nosotros mismos”; y esa misma noche se
apareció con el aparato. Desde ese preciso momento empezó la
legendaria carrera delictiva de Moncho Arrastía hasta convertirlo en un
“padrino” de la mafia para algunos, y un Robin Hood para otros.
Lo único
que pretendía, se decía una y otra vez, mientras esperaba allá en su
refugio de El Arco Iris, agarrado como un águila a la montaña, era tomar
en préstamo la imagen para que su hija, aquejada por una terrible y
misteriosa enfermedad, pudiera cumplir su deseo de postrarse ante el
Cristo Milagroso de Buga para rogarle que le devolviera la salud. En esa
forma había explicado la situación a Mario Aguilar, su hombre de
confianza, para convencerlo de que dirigiera lo que él llamó, “La
Operación Milagro”.
Pero para
el Padre Espinoza, quien acudiera luego a la residencia para oficiar La
Santa Misa y dar la comunión a la enfermita, era mucho más: un último
intento por “jugar a Dios”, de ejecutar actos mesiánicos espectaculares
para probarse a si mismo que su poderío seguía intacto. “Lo malo contigo
y la gente como tu, le dijo un día, es que no saben enfrentarse a una
negativa, y se empeñan en conseguir todo a la brava así se trate de
conquistar una mujer o hacer desaparecer a un enemigo”. “Tal vez tenga
razón, padre, pero es que la vida nos negó siempre todo, aún antes de
pedirlo; de ahí que ahora busquemos la destorcida”, remató sarcástico.
Hacía
muchos años que el capo había perdido la capacidad de sorprenderse, así
que permaneció impasible cuando vio llegar la imagen transportada sobre
una plataforma mecánica y ordenó que la colocaran en la capilla de la
residencia. A continuación se dirigió a buscar a su hija para conducir
su silla de ruedas y asistir con ella a misa.
“¿Recuerdas cuando me pediste que te llevara a Buga a la peregrinación
del Milagroso?”, le dijo besándola en la frente.
“¡No me
digas que vas a llevarme; esta mañana oí el helicóptero!” contestó
Galatea presa de una incontenible excitación.
“No,
tesoro; sería demasiado para ti. Tu no sabes lo que es La Basílica en
fiestas como la de hoy; pero he hecho algo mejor: Ya lo verás”.
A pesar
de sus quince años Galatea se había acostumbrado a no cuestionar los
actos de su padre. Por eso no le pareció extraordinaria la presencia de
la imagen presidiendo la ceremonia religiosa, en el altar adornado con
las mejores orquídeos de El Arco Iris. Tanto Arrastía como su hija, la
enfermera que la cuidaba y las pocas criadas de la residencia oyeron la
misa con el mayor recogimiento.
Al lado
de su hija se transfiguraba siempre, y nadie diría que era el mismo
hombre frío y calculador odiado por sus enemigos. Y aunque era muy
difícil engañar al viejo sacerdote, éste ofició la misa sin demostrar
ningún sentimiento que empañara la celebración. Después de todo, los
días de la chica estaban contados, y alrededor de su padre se iba
cerrando poco a poco el cerco. Rechazó la invitación a almorzar, y tomó
en forma distraída el cheque por una cantidad exorbitante que le tendía
Arrastía para el hospital infantil que se había construido en el pueblo
en nombre de Galatea.
“Respecto
a la imagen, padre, ya se imaginará que pienso devolverla tan pronto
como las circunstancias lo permitan”.
“Ese es
un asunto que queda exclusivamente entre Dios y usted; pero recuerde que
esta vez no sólo ha cometido un acto de infinita arrogancia, sino un
sacrilegio”, replicó el sacerdote, en tono cansado.
“Los
peores sacrilegios, padre, son los que se cometen en este país contra
los seres humanos” dijo, y su rostro adquirió esa mirada aviesa que
todos temían.
Buga, Colombia,
Febrero del 2006