LA LEYENDA DEL MAÍZ

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             LA LEYENDA DEL MAÍZ

           Adaptación de Amparo Jaramillo-Restrepo

             La leyenda empezó entre los indios Chibchas, un pueblo que vivió en el centro de Colombia, Sur América, hace muchos años, cuando nuestros antepasados americanos no habían aprendido todavía a cultivar la tierra ni a domesticar animales, y cubrían sus cuerpos con pieles. Llevaban una existencia muy simple: vivían en casas de paja o ‘chozas’, comían frutas y vegetales, y pescaban o cazaban utilizando armas rudimentarias como flechas,  o cuchillos de piedra.

   
         El jefe de una de esas familias se llamaba Piraca y vivía plácidamente con su esposa y dos hijos, un niño y una niña pequeña. 

    
         Las montañas y los ríos cristalinos de la meseta eran ricos en oro, y los niños competían entre ellos buscando las pepitas doradas. El padre además hacía largos viajes para traer sal, y conseguir algunas de las preciosas piedras verdes incrustadas en una cueva secreta de la lejana cordillera. Sin saber entonces que esos pequeños cristales serían alguna vez las Esmeraldas de Muzo, algunas de las  más codiciadas del mundo.

    
        Pero de pronto los dioses empezaron a olvidarse de los hombres, y la lluvia se escapó hacia el mar cabalgando sobre el lomo del viento. La tierra se secó en tal forma que los árboles no volvieron a dar fruto, y las fieras de la selva descendieron sobre los bosques cercanos y devoraron a los animales pequeños,en su desesperada búsqueda por alimentos.

   
      Hasta que llegó un día en que la familia de Piraca no encontró ningún alimento, ni pieles para cubrirse; y aún las tiernas fibras multicolores que la madre usaba para tejer canastas y sombreros empezaron a escasear.

    
       A los niños indios les habían enseñado desde pequeños a no llorar y por eso no se quejaban nunca a pesar del tormento del hambre. Pero llegó el momento en que los dos hermanos parecían flores marchitas, y ya no tenían energías para jugar en el bosque o nadar en la laguna encantada.

    
       Una mañana, mientras los padres se refugiaban junto al fuego cuidando la única olla de barro donde se cocían algunas raíces, la niña india se despertó   con una sonrisa de placidez y dijo:

          “Soñé que caminaba por un campo azul, salpicado de estrellas”.

         “A quién le importan ahora las estrellas? yo me contentaría con unas cuantas frutas para comer”, dijo el muchacho.

         “Ya sabes que no tenemos frutas, hermano. Los animales se las comieron todas. También ellos tienen hambre”.

           “Ayer salí a cazar pero no encontré ni siquiera un conejo”, dijo el padre.

        “Mira, Piraca, nuestros hijos están temblando de frío porque las pocas mantas que tenemos están llenas de agujeros”, dijo la madre.  

           “Los dioses nos han abandonado. Desde que se fueron las lluvias hasta el arco iris dejó de brillar sobre  la sabana y los ríos y la laguna encantada se están secando” agregó el padre con tristeza.

           “Más tarde iré con los niños a pescar. Tal vez esta vez la suerte nos acompañe”, dijo la madre tratando de animarlos.

            Pero aunque ese día encontraron algunos pescados pequeños y unos pocos vegetales, a la mañana siguiente, cuando el sol empezó a iluminar el universo, los encontró a todos con el mismo hambre.

     
      Entonces fue cuando Piraca y su mujer resolvieron desenterrar la pequeña olla de barro en la cual guardaban sus más preciado tesoro: el oro y las misteriosas piedritas verdes encontradas en la montaña que habían recogido durante mucho tiempo.

    
      “Con esto al menos podré conseguir algo de sal, algunas mantas y tal vez un poco de pescado seco” dijo esperanzado el padre, extendiendo las pepitas doradas y los hermosos cristales verdes sobre un trozo de piel, mientras preparaba su largo viaje a la aldea vecina.

     “Tráeme una linda manta…, y un collar de cuentas brillantes…, y un brazalete…” suplicó la niña

         “ Deja de soñar despierta, hija, lo que necesitamos ahora es un poco de alimento”, dijo la madre abrazándola.

     “Cuídate de los animales salvajes. Recuerda que ellos también tienen hambre”,  rogó el hijo antes de despedirse de su padre.

             El sol empezaba a levantarse sobre la tierra seca cuando el indio partió llevando la olla de barro en una de sus manos, y la bolsa con el arco y las flechas para defenderse de las fieras salvajes, a la espalda.

       
    Fue un largo, largo viaje, a través de la sabana desierta primero y los empinados caminos de la montaña después. Los pies desnudos de Piraca le dolían terriblemente; y después de caminar durante varios días se sintió tan cansado que al encontrar un pequeño valle, decidió descansar debajo de un árbol. Entonces se quedó dormido.

            Mientras Piraca dormía, dos conejitos curiosos que pasaban en busca de comida  llegaron al mismo lugar. Y cuando vieron al hombre, el conejo mayor, que era muy amigo de  aventuras, dijo:      

     “Mira! Hay un hombre dormido. Tal vez traiga consigo algunos alimentos”.

     “Por favor, no te acerques, está armado” advirtió el conejito tímido.

           Pero no hubo forma alguna de detener al conejo curioso quien fue directamente a coger la olla de barro. Y cuando encontró las pepitas de oro y esmeralda, dijo tomando una de ellas en sus manos: “No tienen olor, ni sabor; parecen piedras”.

    
     Pero en ese momento Piraca empezó a moverse, y los conejos aterrorizados tiraron lejos la olla de barro con su precioso contenido y salieron corriendo.

    
     Era ya muy avanzado el día cuando Piraca despertó y lo primero que hizo fue ponerse el morral con el arco y las flechas y buscar su olla de barro. Pero cuando no la encontró se llenó de pánico y  sintió una angustia terrible.

    
    “Mi oro y mis cristales preciosos” se lamentó. “Alguien me los ha robado; soy un hombre muerto; qué voy a hacer?

     
 Empezó entonces a recorrer el campo en varias direcciones, hasta que de pronto tuvo un presentimiento y se agachó para tocar el pasto. Y ahí, escondida entre las hojas secas, encontró una pepita de oro, y más adelante otra de color verde,  y otra de oro… hasta que los últimos rayos del sol iluminaron la tierra y pudo contemplarlas como pequeñas estrellas regadas sobre el pasto.

      
   Un torrente de lágrimas represadas por mucho tiempo, desde que era un niño aterrorizado, empezó a derramarse de sus ojos mientras permanecía ahí de rodillas, perdido en su tristeza, a la luz del crepúsculo.

       
 “Tengo que recobrar mis pepitas de oro y de cristal antes de que el sol se oculte detrás de las montañas”, pensó con determinación. “Pero dudo si me será posible encontrarlo todo”. Afinó sus ojos para mirar detenidamente el campo, mientras trataba de  recorrerlo palmo a palmo con sus manos.

        
  De pronto el cielo empezó a abrirse sobre él y un magnífico doble arco iris apareció sobre la montaña. Piraca se sintió como tocado con una vara mágica y sus preocupaciones desaparecieron . Entonces fue cuando escuchó una voz poderosa, pero de tono gentil que lo llamaba por su nombre: 

     “No, Piraca, no recojas el oro y las esmeraldas”.

         Piraca se volvió sorprendido y vio a un hombre anciano de barba plateada y  vestido con una larga túnica blanca.

    “¿Y quién eres tú para darme órdenes?”, preguntó sorprendido  Piraca.

       “Soy Bochica, el dios de tus abuelos, el que salvó a tu tribu de las inundaciones. No recuerdas la historia?”.

        “Si, señor, pero  el oro y las pepas de cristal  eran mi único tesoro. Sin él mi esposa y mis hijos morirán de hambre “. Contestó Piraca aún de rodillas.

     “¡Escucha Piraca, esta es mi promesa!: entierra las pepitas;                                                                                                                                                                                                              cúbrelas bien con tierra para  que los animales y el viento no puedan removerlas y regresa dentro de cuatro lunas. Entonces encontrarás un tesoro más valioso que tus joyas, y tu pueblo no volverá nunca a sufrir hambre”.

     
    Bochica desapareció pero el arco iris permaneció en el horizonte hasta que se hizo noche. Piraca  durmió esa noche como un bebé, y al día siguiente  sintió una felicidad que no había sentido nunca antes. Plantó el oro y las esmeraldas  en la forma como Bochica le había ordenado, y tan pronto como acabó de sembrar, la lluvia volvió  a caer sobre la tierra sedienta en medio de truenos y relámpagos. Piraca se sentía tan feliz, que no le importó soportar las gordas gotas de lluvia sobre sus espaldas mientras regresaba a casa. 

  
       La esposa desconfió un poco de la aparición de Bochica pero las mujeres indias no discutían nunca con sus esposos. La tierra reverdecía ahora con la bendición de la lluvia, y hasta las aves tropicales empezaron a regresar al bosque  alegrando a los niños con sus trinos melodiosos. El padre  entre tanto seguía la luna marcando con ansiedad sus ciclos en el tronco de un árbol.

    
   Cuando  llegó el día señalado todos emprendieron desde muy temprano el largo viaje por los senderos de la sabana primero y a través de las escarpadas montañas después, hasta que llegaron al valle en donde Piraca había sembrado el oro y las esmeraldas.

      “No veo ningún tesoro” exclamó la mujer desconsolada.    

      “¿Estás seguro de que este es el sitio, padre?” preguntó el niño.

          “Por supuesto. Ya verás. Marqué con varias piedras el lugar donde se apareció Bochica”, dijo Piraca mientras miraba por todas partes en busca del tesoro prometido.

       “Miren!” dijo con gran alivio: “Ese es el árbol. Vamos allá”

        De pronto  la niña que se había adelantado en el sendero gritó:

        “Mira padre. Allá hay un gran campo sembrado con unas plantas muy, pero muy extrañas, que no había visto nunca en mi vida”.

     
   Y al oírla todos corrieron a contemplar las esbeltas plantas que se mecían al viento como si estuvieran danzando. Tenían hojas largas y aterciopeladas de color verde esmeralda, y el fruto terminaba en un manojo de hebras sedosas, tan plateadas como la barba del dios Bochica.

     Y al abrirlo encontraron una mazorca con granos dorados como el oro.

    “Lo llamaremos MAIZ”, declaró Piraca. El regalo de los dioses, creado con oro y esmeraldas”.

        Y cuenta la leyenda que el dios Bochica regresó entonces a la tribu de los Chibchas y les enseñó a cultivar el maíz y a utilizarlo como base de su alimentación. Y que desde entonces los miembros de la  tribu no volvieron a sentir nunca el azote del hambre.

   
   Han pasado muchos años desde esos remotos tiempos. Más tarde el maíz se propagó por todo el territorio americano, y se convirtió en el alimento básico en casi todos los países, salvando a los indios del hambre en muchas ocasiones.

    
  Y aún en los tiempos modernos, cuando hay tanta abundancia de alimentos, el que fuera una vez humilde cultivo se ha convertido en rey, y hemos aprendido a utilizarlo en varias formas para fabricar algunas de nuestras delicias culinarias, como arepas, tortillas, tamales, tacos,  enchiladas, panecitos y burritos; para no mencionar las favoritas de todos: las palomitas de maíz.

         Por eso podemos decir como los indios chibchas, QUE EL MAÍZ ES UN VERDADERO REGALO DE LOS DIOSES.

      Norwalk,  Connecticut, ll de febrero del año 2000

 

  

   

  

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