Aterrizaron
al anochecer en el aeropuerto de La Guardia con el temor del viaje
clandestino pegado aún a los huesos cual una segunda piel, y
caminaron como autómatas por el pasillo. Ella menudita, casi
insignificante en su sencillo traje de algodón, en contraste con la
belleza de la chiquilla que parecía iluminada por dentro. Y aunque el
‘agente’ a cargo de los arreglos del viaje, después de recibir
los cinco mil dólares, les había dado instrucciones precisas sobre
el modo de comportarse, como el evitar cualquier cosa que pudiera
llamar la atención, con Galatea era casi imposible pasar
desapercibidas. Por el contrario, ya en el avión que las trajera de
Puerto Rico algunos pasajeros habían manifestado su admiración por
la pequeña de facciones perfectas, como si Dios la hubiera hecho a
cuatro manos, su cascada de cabellos acharolados y ojos espectaculares
en los que parecían
naufragar dos esmeraldas. Dos esmeraldas en sombras, porque la
chiquilla era ciega.
Roberto las
esperaba con el hambre amoroso de un año aguijoneando cada fibra de
su cuerpo, y las besó repetidas veces mientras tomaba a su hija en
los brazos como si fuera un trofeo. Ya en el taxi Elena no pudo más y
estalló en llanto, el llanto contenido durante la angustiosa semana
del viaje en un avión de carga a las Bahamas primero, y luego en una
vetusta embarcación pesquera hasta San Juan. El la acunó contra su
pecho asegurándole que todo iría bien ahora que ya estaban reunidos.
Los primeros días fueron de pesadilla, porque al menor ruido se
imaginaban a las autoridades de inmigración irrumpiendo como sabuesos
para deportarlas, y porque Galatea tropezaba a menudo en ese espacio
reducido cuyo mapa mental no había podido grabar aún en la memoria.
Además extrañaba a los abuelos, a los primos, a sus animales
favoritos, y hasta el canto del agua en la fuente de la casona allá
en Mesenia. Fuera de que tenían que permanecer solas mientras el
padre trabajaba, ancladas en el apartamento, si es que podía llamarse
así a los dos cuarticos en el sótano de una vivienda multifamiliar,
sin más luz que una pequeña ventana en la alcoba de Galatea y un baño
con piso mugriento y grifos oxidados. Pero no había sitio del
planeta por inhóspito que fuera, que no se transformara ante la
industriosidad y la obsesión por el orden y el aseo de Elena, como
decía orgullosamente Roberto. Y aún el dueño de la vivienda, un
griego que había dejado el corazón al otro lado del océano, elogió
el resultado con un expresivo: "¡Very nice!".
Con la llegada de la primavera el miedo de la mujer empezó a
diluírse y Galatea a apaciguarse al aprender el ordenamiento de
muebles y paredes. Ya hasta se aventuraban de vez en cuando a explorar
el vecindario, y en ocasiones se iban juntas a buscar las bodegas
donde vendían mangos, plátanos o papayas, despojándose poco a poco
de la mordaza de terror y desconfianza hacia los extraños con que habían
llegado a los Estados Unidos. Pero por supuesto que no se atrevían aún
a hablar con nadie, aún cuando comprobaran que la persona hablaba su
mismo idioma, y por más de que a Elena suspiraba por tener contacto
con otros seres humanos, y se le iban los ojos detrás de los chicos
que retozaban en la calle.
La llegada de Roberto era la hora favorita, el momento de las
sorpresas y los soliloquios, cuando el padre tomaba a Galatea en sus
brazos y le decía: "Busca en mis bolsillos". Y ella
adivinaba presurosa, acariciando los objetos con sus manitas, que
semejaban tréboles de cinco dedos:
"Oh, un elefantico de cristal!”
“Y mis chocolates favoritos!”
¿Y
este animal cómo se llama?",
"Es un unicornio".
"¿Y dónde viven los unicornios?”
"En el país de los sueños".
"¿Y cuándo me llevas?"
“Cuando
te tomes la sopita".
Luego, al anochecer, cuando los párpados de la pequeña empezaban a
doblarse como abanicos diminutos, la cogía en sus brazos para
depositarla en la cama que mamá había convertido en nube a fuerza de
trabajo y amor, y la arrullaba con canciones y cuentos infantiles,
para despedirse con su santo y seña de costumbre:
"Te dejaré la ventana abierta para que entre la luna a robar
chocolates".
No
pedían más por el momento. Estaban agradecidos de su reencuentro,
reinventado el amor que se les había desbaratado con la ausencia,
recuperándose del costo astronómico del viaje, amoldando sus sueños
para acomodarlos a ese nuevo universo.
Pronto
la primavera dio paso al verano y el calor los hacía sentir casi
‘estancados’ en el apartamento, esperando algo que rompiera la
monotonía de su existencia. Y porque la esperanza es tan
indispensable para el ser humano como el aire, se repetían
que en unos pocos meses podrían llevar a Galatea a donde un
oftalmólogo famoso, quien según algunos de sus amigos había hecho
prodigios con los niños ciegos de Biafra. Pues los dos seguían
esperando tercamente un milagro, en contra del concepto de los médicos
de su país.
Y
en los momentos de duda y frustración Roberto salía a deambular por
el barrio para desprenderse de sus malos presentimientos. "Si
pudiera como aconseja mamá robarme un prisma de colores para ver el
mundo a través de él".
Pero era imposible.
"Animo" decía Elena, aunque algunos días ella también
parecía perder las esperanzas.
"Si pudiera trabajar", suspiraba, cuando presentía que la
situación económica era difícil, aunque su esposo
no se quejaba nunca. Pero los dos sabían perfectamente que era
imposible dejar a Galatea, pues una niña ciega es tan
vulnerable como una tela de araña, ya que al
no poder ver el peligro no puede
defenderse o tan siquiera pedir ayuda. Sin embargo, eran tan
grandes su amor y su fe que esos momentos de desaliento duraban poco.
Y porque a la niña le habían sido negados los estímulos visuales,
los dos trataron desde que Galatea era apenas una bebé de que ella no
se convirtiera en una inválida.
"Hoy jugaremos a los olores, decía la madre. Dime, ¿qué es
esto?".
"Hmm pastel de chocolate"
"Claro, si lo probaste. Tramposa!".
"Que no, no lo toqué".
“Adivina quién llegó”.
“Hagamos una
casita con plastilina..”
“Ayúdame a doblar las medias.... cuidado, cogiste una de papá”.
“Pon los cubiertos en la caja mientras yo seco los platos”.
“ Ven, vamos a cantar la Canción de la vaca estudiosa”. Era
agotador.
En
uno de sus recorridos sonambulezcos Roberto encontró cierto día un
jardín infantil cerca de casa, y sin decir nada a Elena se dirigió
al día siguiente para hablar con la directora. No se imaginaba
siquiera el costo, pero pensó que si era necesario ofrecería sus
servicios como pintor y carpintero. Y sin amilanarse por su pobre
dominio del idioma esperó a que abrieran la oficina mientras veía
llegar a los chicos en bandadas, y empezaba a imaginarse a su hija
sentada en la alfombra, jugando con otros niños de su edad. Y fue
tanto el entusiasmo con que describió a Galatea que la señora Smith
accedió a entrevistarla el próximo lunes. Pero cuando el hombre
mencionó, como quien no quiere la cosa, que la niña era ciega, la
mujer se sentó y dijo tratando de disimular su emoción, que en ese
caso no podrían recibiría y tendría que llevarla a una institución
de educación especial.
Roberto estaba acostumbrado al rechazo pues lo había sentido
en carne propia una y otra vez. Sin embargo, tuvo que recostarse
contra la pared para no caer, como si alguien le hubiera desbaratado
de un golpe el andamio de su existencia. Luego salió sin pronunciar
palabra, y se dirigió en busca del carro sintiéndose incapaz de
enfrentarse a la jornada de trabajo en la compañía de construcción.
De pronto oyó una voz femenina que decía en español: "Espere
un momento, tal vez pueda ayudarlo".
Así fue como Marta llegó a sus vidas. Era una joven de piel aperlada,
cabello revuelto, sonrisa contagiosa y una seguridad en sí misma que
la hacía dominar cualquier situación por compleja que fuera. "Perdone,
estaba en el salón contiguo y escuché su diálogo con la directora.
¿Podrían su esposa y la niña venir mañana temprano?, hablaré con
la Señora Smith".
Eso
fue todo. Después se enteraron de que había aprendido español con
sus abuelos en Cuba, era la maestra titular del jardín infantil,
estudiaba educación preescolar en la universidad, y amaba de tal
forma su trabajo que parecía transfigurarse cuando estaba entre sus
pequeños alumnos.
Elena se convirtió desde ese momento en la auxiliar de Marta y
en muy pocas semanas ella y su hija se movían en el grupo como peces
en el agua. Y aunque al principio los otros chicos hicieron de Galatea
su centro de atracción adivinando hasta su menor deseo, poco a poco
aprendieron a incluirla en sus actividades de una manera natural.
Entre
las dos jóvenes nació en muy poco tiempo una amistad especial, y
Elena se veía florecer y progresar en aquel ambiente lleno de risas y
canciones. Su actividad y su paciencia eran infinitas, y en la misma
forma como limpiaba manitos pegotudas o ponía orden en el caos de
juguetes y crayolas, estaba disponible para jugar o cantar, mientras
seguía a Galatea con la vista, lista a ayudarle cuando fuera
necesario.
"Nadie sabe los caminos de Dios" solía decir Elena con su
fe inquebrantable. Por eso no se sorprendió cuando Marta llegó una
tarde sin previo aviso y pidió que se pusieran sus mejores trajes y
vinieran con ella. Después de un corto recorrido en el tren subterráneo,
llegaron al piso trece de un edificio de Manhattan. "Me muero de
curiosidad”
decía Elena, pero la otra no soltaba prenda.
La sala estaba a reventar con mujeres que se hacían acompañar por
sus chiquillos en diferentes colores y tamaños. "Esta es una
agencia de modelos", dijo Marta cuando se sentaron. ¡"Ya!
ahora veo por qué estás tan elegante". "No, tonta, si lo
que buscan es niños para una nueva línea de ropa infantil. Me enteré
esta mañana por un anuncio del periódico". "Y nosotros qué
pitos tocamos en todo esto?" Marta explicó que Galatea tenía
tantas posibilidades de ganar como cualquier otra niña. "Es
linda, inteligente”, "! y ciega!", agregó Elena con
amargura. La otra trató de animarla explicándole que se trataba de
un contrato muy jugoso con una de las mejores agencias de modelos. Y
por qué no, tal vez esa fuera la oportunidad que habían estado
esperando por tantos años para buscar una cura a la ceguera de
Galatea. "¿Y qué va a decir Roberto?" objetó la madre en
tono de duda. "No te preocupes. Le hablé por
teléfono antes de recogerte. Dice que estoy loca, pero que mi
locura es inofensiva". Y las dos se echaron a reír.
La presencia de la niña ciega había causado revuelo entre los
presentes y las miradas estaban fijas en ella. De pronto, una mujer
que parecía una joyería ambulante, se dirigió a Elena en forma
altanera para preguntar: "¿Es ciega la niña?". "Sí,
¿por qué?", contestó Marta. Aún con su poco dominio del inglés
Elena captó la situación y se llenó de pánico. "Porque lo que hacen es explotar a una
menor desvalida, y alguien debería dar aviso a la policía",
objetó arrogante la dama. "¿Y por qué no lo hace usted?",
contestó Marta, mientras las demás mujeres rechazaban el ataque, y
la gerente de la agencia de publicidad llegaba a restablecer el orden,
y a asegurarle a Elena que su hija no tenía nada qué temer.
Terminadas las pruebas fotográficas salieron retozando como
tres chiquillas comentando que Galatea se había comportado cual una
veterana. "Si gana....” empezó a decir la joven maestra.
"Por favor no ensillemos antes de traer los caballos",
replicó Elena besando a su hija. "Vamos a comer un helado. Al
diablo con las dietas por hoy".
Ya
hasta se habían olvidado de la señora Miller, la mujer que las había
atacado durante la entrevista, pero una vez en el pasillo se
encontraron de manos a boca con un camarógrafo de la televisión
hispana y un reportero bombardeándolas a preguntas. Elena se replegó
hacia la pared tratando de proteger a su hija como si se la fueran a
arrebatar, pero Marta se hizo cargo de la situación y permitió que
el fotógrafo
se diera gusto haciendo fotografías de la niña.
"¿Sabes una cosa?", dijo Marta ya en el taxi cuando
regresaban a casa. "Creo que se nos apareció la Virgen". Se
refería al dicho de Elena cuando le sucedía algo extraordinario.
"Como no vayamos a parar a la cárcel", contestó la joven
madre todavía bajo el impacto de los acontecimientos del día.
Y efectivamente, el incidente se convirtió en una bendición para
ellos, pues tan pronto como el
noticiero de la noche difundió la historia y las fotografías
de Galatea, su madre y su maestra, empezaron a llegar ofertas de
especialistas e instituciones filantrópicas interesadas en ayudar a
la niña suramericana, cuyos padres habían hecho innumerables
sacrificios con la esperanza de encontrar eventualmente un tratamiento
que le devolviera la vista a la pequeña, quien había quedado ciega a
causa de un accidente sufrido cuando apenas contaba dos años.
No habían transcurrido veinticuatro horas cuando la agencia de
publicidad declaró a Galatea como ganadora
del concurso, y anunció que su nueva línea de ropa infantil
se llamaría MODA GALATEA. Por otra parte, decenas de niñas nacidas
en ese mes fueron bautizadas con el nombre de la pequeña inmigrante,
quien había saltado a la fama súbitamente, en la misma ciudad en la
que miles de seres humanos nacen, padecen y mueren en el más completo
anonimato.
La vida de la familia desde ese momento se convirtió en una rueda
loca y fueron tantas las ofertas que para Navidad Galatea celebró sus
cinco años sonriendo desde las cajas de cereales.
“Quiero ver a Marta", fue lo primero que dijo la niña después
de que
le quitaron definitivamente
las vendas y pudo al fin contemplar el rostro de sus padres. Y
esa noche, con una sonrisa de picardía, se dirigió a su papá para
decirle:
"Deja la ventana abierta, para ver a la luna cuando entre a robar chocolates".