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"Diga usted que he vivido en ‘El
Limbo’ y que aquí se habla español", contestó en tono lacónico la
mujer desapareciendo entre la multitud informe del terminal.
"¿Cómo
dijo que se llamaba?" se esforzó por recordar Verónica.
Si,
María. Eso era todo lo que había podido averiguar acerca de ella.
A Verónica le hubiera gustado retenerla para indagar el porqué de esa
respuesta cuando le preguntó sobre su experiencia de vivir en los
Estados Unidos. Pero le fue imposible pues ella, al igual que otras
tantas personas que encontrara en ese largo año de peregrinaje en
Nueva York, escondía sus llagas entre los pliegues de su intimidad.
Ema fue la única que se mostró
asequible
desde el principio, y hasta demandó con desparpajo una taza de café
antes de la entrevista. Caminaba despacio, bamboleándose, con los ojos
azules perdidos en la distancia como si navegara sobre la marea
humana de la Estación Central, a tiempo que arrastraba un enorme saco
de trapos viejos.
"Diga
usted que Juan Benavides me despojó de mi fortuna representada en
plantaciones de caña y coco allá en la isla, y que tapó la piscina de
corales en la cual se bañaban las sirenas negras al atardecer. Muñoz
Marín prometió comprarme la cadena de bancos que tengo en Puerto Rico,
pero el muy fresco quiere pagarme dizque con cañones oxidados de la
Guerra de Independencia. Yo le he dicho que quiero una torre de
cristales azules al frente del Parque Central para mi nieta Azucena..."
continuó diciendo en un español culto que denotaba mejores épocas.
"Ella es la única que se acuerda de mí. Dijo que vendría a buscarme a
las diez. Ya debe estar por llegar". Y se alejó arreglándose el
cabello blanco como escarcha, y los collares de fantasía colgados al
cuello cual festones sobre una vieja estatua. ¡Estaba loca!
El Limbo!. Mientras Verónica más cavilaba sobre la respuesta de María más
le atraía el simbolismo de su frase. Si la memoria no le fallaba ese
era el lugar al cual iban los niños sin bautizar en la religión
católica. Una especie de sala de espera gigantesca, custodiada por
ángeles sin arpa, en la cual no se experimenta ni la felicidad del
cielo, ni las penas del purgatorio o del infierno. Así al menos lo
describía su maestra de religión allá en Mesenia.
Sí, concluyó, la comparación era válida para
algunos inmigrantes, como Teresa que trabajaba de niñera para los
chicos de una familia adinerada en Manhattan, mientras Paquito, su
hijo de diez y ocho
meses, se la pasaba todo el día prisionero en el corralito de madera
azul, al cuidado de una vecina bruta y medio ciega, mirando al mundo
por la ventana del televisor; o Mariela, aquella amiga brasileña a
quien las circunstancias tenían condenada a limpiar casas aunque
poseía un grado de psicóloga.
"Es
solo mientras tanto", decían todos, sin darse cuenta de que la vida
seguía su curso y los iba dejando rezagados.
"Lo
que soy yo me largo tan pronto como reúna lo del pasaje", declaró
Victoria, una chica Guatemalteca, confiándole cómo cada vez que
terminaba la jornada de trabajo en la fábrica y comprobaba que el sol
seguía ahí, alumbrando el mundo como si nada, mientras ella se había
pasado nueve horas bajo la luz mortecina de las lámparas de neón sin
hablar con nadie, se le salían las lágrimas de amargura. Estaba
decidida a regresar a su tierra, aunque fuera para continuar la
tradición de sus abuelas y seguir bordando esas espectaculares faldas
y camisolas que hacen las delicias de los turistas, en las cuales se
mezclan deliciosamente pájaros tornasolados con flores trazadas
magistralmente por manos encallecidas, anónimas manos que no conocen
del ocio ni hacen concesiones a la fatiga. "Al menos allá en las
Mercedes nadie va a contarme el tiempo que empleo en ir al baño como
hacen en la factoría" había agregado con determinación.
"Es
duro", pero siquiera aquí podía caminar por las calles sin tropezar
con los muertos, como estaba sucediendo allá en su pueblo de El
Salvador a causa de la violencia le dijo Carmen, enmarcada en el cono
de luz que reflejaba la única lámpara de la habitación, que compartía
con dos amigas, mientras reposaba en la mecedora con su cabello
negrísimo colgando hacia atrás como un sedoso mantón de Manila,
dándole al conjunto un aspecto fantasmagórico.
Desandando los pasos fatigosos de algunos inmigrantes, Verónica fue a
parar un día a un asilo de ancianos y se sentó con un grupo de ellos
en el jardincito donde asoleaban sus nostalgias, en tanto que los
contemplaba en el ejercicio inútil de hurgar en el baúl roto de la
memoria, para rescatar palabras o imágenes olvidadas tiempo atrás.
Comprobó entonces que a algunos de ellos se les había enredado el hilo
conductor del idioma materno y no aprendieron nunca inglés, así que
estaban condenados a un diálogo desordenado a media lengua con el
resto del mundo.
Fue
en una mañana luminosa de julio cuando Verónica conoció a Fred en
aquel pueblito suburbano que parecía escapado de una tarjeta postal,
con sus barcos de vela meciéndose en la bahía cual gaviotas listas a
alzar el vuelo. Aunque en contraste, la deteriorada construcción de
la cabaña que habitaba y el vecindario miserable, eran como un parche
negro en la resplandeciente fisonomía de esa sociedad opulenta que
florecía a pocas millas de allí, en la ciudad de Stamford,
Connecticut.
"Madera" había gritado
el hombre ese día golpeando una de las puertas con la pierna buena.
"En Cuba solo los más infelices viven en construcciones de madera". Y
aunque la trabajadora social le explicara una y otra vez que la madera
es un material tan bueno como cualquiera otro, y
que el problema consistía en el abandono de la vivienda, la insulación
casi inexistente y la invasión de ratones que se paseaban por el
vecindario como Pedro por su casa, él continuaba culpando a la madera
por la gota que carcomía su pierna, y la tos que no lo dejaba dormir
de noche, y ese campanilleo en los oídos que lo estaba volviendo loco.
A pesar de que semejaba un vikingo con su imponente figura, la melena
color rojiza y los ojos afiebrados perdidos siempre en lontananza, a
Verónica se le antojó uno de esos dioses griegos atados al peñasco de
su propia furia. Fred odiaba a todo el mundo: al sistema que dejara
atrás, y el que encontró en los Estados Unidos cuando cansado de
promesas falsas se echó un día sus sueños a la espalda y se vino por
"El Mariel". Allá en su bella isla había sido desde siempre un artista,
con la inspiración desbordada de un chiquillo y el ansia febril de
plasmar sobre el lienzo cada una de las imágenes que naufragaban en el
ojo mágico de su pupila. Pero en este nuevo mundo el trabajo agobiante
y rutinario en la cocina del restaurante había agotado por completo su
imaginación, convirtiendo sus manos aladas en pesados bloques de
mármol. "El crimen más grande de Fidel" decía a todo el que quisiera
escucharlo, "fue habernos matado la esperanza". Y recordándolo,
Verónica sonrió muchas veces con ironía, al comprobar que también aquí
en El Limbo, una multitud de seres humanos estaba perdiendo la
esperanza.
Y sin embargo, seguían viniendo. Atraídos unos por el espejismo del
dinero, los más empujados por la falta de oportunidades, la miseria y
sobre todo la violencia que se iba enseñoreando de la mayoría de los
países latinoamericanos, en cuyas riveras los ríos se estaban negando
a andar de noche, por miedo a tropezarse con los muertos y los
juguetes bostezaban de tedio en los rincones pues algunos de sus
dueños se habían marchado a la guerra.
"Madre, hasta aquí no llega la caricia del sol, ni puedo ver la luna
fabricando espejos en las hojas húmedas de los árboles", escribió un
día Verónica en su cuaderno de notas tratando de adivinar el
sentimiento de muchos de los niños de los guetos, aquellos que las
familias entraban a los apartamentos decrépitos, al caer de la noche,
para que los dueños no se enteraran de que tenían hijos. Porque ni
todas las leyes del mundo pueden defender a las víctimas si se
encuentran con las manos y la garganta amordazadas por el miedo o la
ignorancia, reflexionó Verónica.
Aprender Inglés era una de las preocupaciones principales de los
recién llegados, y los inmigrantes menos cultos llegaban hasta el
extremo de permitir que sus hijos olvidaran el idioma materno, como si
se tratara de una lengua de segunda categoría. "¿Sabe usted qué me
saqué con aprender el idioma de primera en la familia? La obligación
de servir de traductora a mis padres en oficinas de empleo y
hospitales, sin contar las veces que tuve que ir a la cárcel a sacar
de líos a mi hermano mayor", le confesó Patricia, sentada en una de
las bancas del parque de recreo, sus quince años camuflados en una
figurita pequeña y frágil, mientras sus grandes ojos negros seguían
ansiosos los pasos de su sobrina. "Así es como se me acabó la niñez
antes de tiempo, por más de que aquí pudiera tener juguetes con los
cuales ni siquiera soñé nunca en mi país". Porque el exilio dejaba su
marca indeleble en la frágil humanidad de los niños inmigrantes.
¿Distracciones? ni hablar, pues gran parte de ellos tenían sus
presupuestos tan divididos como su corazón entre las familias lejanas
y la necesidad de sobrevivir en El Limbo, día tras día. De ahí que a
veces ni se enteraran de que vivían en "La Capital del Mundo", como
decían algunos comentaristas de radio y televisión. Nueva York,
Macondo o Mesenia, ¿qué más daba si vivían como islotes solitarios en
lucha abierta con los molinos de viento de su propio destino?
“Habla con los triunfadores", le espetó alguien con arrogancia. Pero
Verónica no había venido a eso. La historia de los vencedores se la
dejaba a periódicos y revistas. Su cometido, que se convertía a veces
en obsesión, era encontrar la verdad sobre la tragedia de Jorge Arce.
Rescatar su imagen casi desdibujada en el laberinto de la memoria,
reconstruir el itinerario de su vida en Nueva York con unos pocos
datos de referencia, como si fuera un párvulo que trazara un
dinosaurio o un barquito uniendo varios puntos desperdigados en su
cuaderno de dibujo.
"Loca de remate es lo que estás", le gritó un día sacudiéndola su
amiga Susy, cuando Verónica habló de mudarse al pequeño apartamento
que ocupara Jorge en Nueva York. “Como si no fuera ya suficiente el
que una muchacha joven y linda dedique un año de su vida a perseguir
un muerto, para que ahora pretendas también meterte en su tumba". Pero
Verónica hizo caso omiso de sus objeciones y se dispuso a arreglar las
cosas necesarias para el traslado
.
"Es solo por un mes, pues la amiga con quien vivo necesita el cuarto
para su madre", mintió a la dueña de la vivienda.
"Usted me recuerda a alguien", comentó la dueña, y la joven volvió el
rostro por miedo a que la emoción la delatara. Insistió en subir sola
los tres tramos de escaleras hasta el ático, sintiendo como si el
corazón fuera a estallársele a causa del llanto contenido, y cuando
cerró la puerta tras de sí, se echó sobre el sofá-cama a llorar.
Durante las siguientes
semanas se dedicó a recorrer el barrio tratando de verlo con la misma
mirada fresca con que lo contemplara él recién llegado: los
abigarrados puestos de frutas y de flores salpicando de colores
brillantes el gris sucio de los andenes; los negocios con sus letreros
en varios idiomas, y el chirrido intermitente del tren que pasaba como
una chicharra gigantesca con su barriga preñada de extranjeros. Pero
encontró muy pocas personas que conservaran en su memoria la magra
figura del joven latinoamericano o recordaran siquiera las
circunstancias de su muerte, pues la ciudad era como un enorme
camaleón cuya fisonomía cambiaba con frecuencia, y los inmigrantes
simples accidentes geográficos que llegaban y se iban en oleadas.
Fue durante ese mes
cuando conoció al fin a Vicente Girón, el amigo y compañero de Jorge
durante su primer año en Nueva York, pues el hombre había conseguido
evadirla con la misma obstinación conque ella lo buscara como si
temiera enfrentarse a su propio fantasma.
Convinieron en
encontrarse en la Iglesia del Buen Pastor que ella no conocía pues era
poco inclinada a las prácticas religiosas. Después de todo,
contestaba zocarronamente siempre que su madre la reconvenía por no
asistir a misa los domingos, en el colegio de las monjas había oído
misas suficientes para el resto de su vida. El templo era una
edificación enorme y fea y a esas horas se encontraba desierta, como
si los fieles se hubieran cansado de vivir de rodillas en la rutinaria
escenografía de iconos y de incienso. Al llegar a la cita Verónica se
le quedó mirando para aprender de memoria la geografía de su rostro
surcado por imperceptibles ríos de angustia, y notó que el cabello de
Vicente empezaba a teñirse de gris sobre las sienes.
"Aquí envejece uno con rapidez", dijo él mientras salían del templo.
“Viejos son los cerros y reverdecen", contestó ella guazona,
recordando un dicho de Sara, su amiga mejicana.
Caminaron sin rumbo,
defendiéndose del viento de otoño que jugaba a escondidas con los
chicos y fisgoneaba entre los muslos de las mujeres, y llegaron al
parquecito del barrio, especie de oasis citadino entre dos ruidosas
avenidas sobre las cuales pendían ya adornos navideños.
"Hábleme de él", suplicó Verónica a sabiendas de que iba a dolerle y
Vicente comenzó a hacerlo en tono mecánico, descolorido, como si se
contara a sí mismo una película sin argumento. Pero luego el relato se
fue animando y ella tuvo la clara impresión de que reblujaba
entre la maraña de su cerebro para encontrar los recuerdos menos
penosos, y los ensartaba luego cuidadosamente en palabras escogidas a
propósito para no herirla.
Conversaron por lo menos una hora, ajenos al frío que empezaba a
descender en oleadas, pues el pálido sol decembrino
no daba para calentar al mundo arropado a medias en su desvaída
capa otoñal.
Fue un relato desordenado acompañado frecuentemente de silencios
cenagosos que ella no se atrevía a romper por miedo de que los
recuerdos se esfumaran. Vicente empezó evocando los primeros meses
cuando Jorge tenía aún fresca en sus pupilas y en su carne las huellas
de la esposa y de los hijos, y su vitalidad y su entusiasmo pedían
siempre más cuerda como si fuera una cometa y la vida le quedara corta.
Habló del primer empleo en el
maremágnum de la cocina y sus manos
escaldadas por el agua caliente y los detergentes; de Sue, la muchacha
laosiana que se metía debajo de las mesas cuando sonaba una alarma o
se disparaba una marmita, pues los ataques aéreos a su aldea la habían
marcado para siempre; de Alberto, aquel joven boliviano que se movía
en el restaurante con la majestad de un príncipe incaico, y cuya idea
fija consistía en la fundación de un instituto dedicado a estudiar las
naves extraterrestres, nada menos que a orillas del Lago Titicaca.
Y aquellos domingos del primer verano propicios para tenderse sobre la
playa y echar los sueños al viento. Primero pagaría la hipoteca de la
casa. En mayo vendría la Primera Comunión de Esperanza, luego la
operación de amígdalas de Mauricio..... cuando menos lo pensaran sería
el grado de la mayorcita.....
Fue entonces cuando
decidió conseguir su segundo empleo con una compañía de mantenimiento,
de seis a once de la noche. Si, eso era. Tampoco él podía nunca
contemplar la luz de sol y el cansancio iba dejando una huella
indeleble sobre su frágil estructura.
Ese primer diciembre la
deuda de la casa quedó cancelada, pero la vida no dá nada gratis. El
entusiasmo original parecía extinguido y ya ni los partidos de
balompié conseguían animarlo. Se habían interrumpido las
peregrinaciones a Manhattan para descubrir lugares exóticos y comprar
regalos para sus hijos; dormía mal, y se refugiaba cada día más entre
la urdimbre del silencio; ya casi no hablaba nunca del regreso ni
hacía planes para el futuro negocio, aunque la estrellita dorada
siguiera ahí, en el almanaque, como una promesa lejana, justamente en
el día 17 de diciembre.
El permiso de trabajo se
vencía en julio y en marzo la firma de abogados que tramitaba la
extensión de la visa cerró sus puertas intempestivamente sin devolver
los quinientos dólares que Jorge diera dizque para cubrir los gastos
iniciales. Entonces hizo su aparición el miedo. Caminaba ahora con la
cabeza gacha, desconfiaba de todo el mundo, y por las noches se soñaba
en forma recurrente atravesando un túnel plagado de ratas, en pos de
la moneda de luz de la salida. Pero cuando estaba a punto de
alcanzarla, una roca inmensa tapaba de pronto la boca del túnel, y lo
dejaba atrapado irremisiblemente en aquel vacío húmedo y tenebroso.
Poco a poco se había ido
convirtiendo en un ser gris, hosco, sin historia y sin futuro. "En el
colegio decían que Jorge Arce llegaría lejos y tenían razón. Vine a
parar al infierno de una cocina en Nueva York", comentó un día
cínicamente. Y cuando Vicente lo reconvino por su pesimismo, contestó
con amargura: "Ensaya a vivir casi dos años sin caricias, nutrido
solamente por unas cuantas palabras destiladas a través del cordón
umbilical del teléfono; sintiendo que el amor se te apaga poco a poco
y que de él no queda sino el rescoldo. Cuando intuyes que el regreso
es una perspectiva casi tan aterradora como quedarse, pues mientras
nos rompemos el alma trabajando en una patria ajena, alguien nos ha
cambiado las reglas del juego en la nuestra".
Vicente sabía muy bien
el impacto que los acontecimientos de su país causaban en Jorge, y
había sido testigo de la angustia con que escuchaba los comunicados de
prensa y recortaba las noticias de los diarios. ¿Acaso no había sido
él mismo una víctima de la violencia política en Colombia al perder
las fincas que sus antepasados habían cultivado palmo a palmo con esa
callada resignación de los campesinos de su raza? Cuántos planes solía
hacer su padre para el día en que el muchacho terminara la carrera de
agronomía. Pero ya antes de culminarla Jorge se encontró conque buena
parte de la tierra había caído en manos de terceros, aquellos que
aterrorizaron a los viejos para quedarse con todo.
Sin embargo, no fue sino
hasta el último día cuando entrara al apartamentico para recoger las
pertenencias de su amigo con el fin de enviarlas a la familia, cuando
Vicente comprendió la enormidad de la tragedia de Jorge y pudo casi
tocar las llagas de su atormentado corazón. Entonces se dijo mil veces que si
él no se hubiera mudado a Filadelfia, seis meses atrás, habría podido
rescatar a Jorge, cambiar el curso de los acontecimientos. Pero ahora
era demasiado tarde. Allí en aquel puñado de cosas aparentemente mudas,
encontró la constancia de que últimamente tenía que apelar a los
tranquilizantes para dormir y mantenerse a flote en el trabajo. Halló
algunos de sus libros favoritos, y hasta los recibos de la Corporación
Financiera La Milagrosa, ese fondo de ahorros en el cual había
depositado Clarita, su esposa, los pocos pesos que pudieron reunir
para el proyectado negocio. Y su corazón le dio un vuelco al reconocer
el nombre de la famosa institución, cuya quiebra había figurado casi a
diario en las noticias que venían de su patria. Recordó entonces
vagamente el comentario de su amigo cuando le contó de la inversión:
su esposa confiaba en que una institución respaldada por la curia y
dirigida por uno de los más destacados prelados de
su país estaría libre de riesgos. ¡Qué inocencia!
Vicente se mordió los labios para ocultar su emoción al evocar los
pormenores de ese día, y Verónica le tocó la mano en un gesto de
solidaridad, todavía con la mente llena de preguntas.
"Recuerdo que era
domingo", continuó él. "Allí solo, por primera vez en mucho tiempo en
el apartamento que compartiéramos por más de un año, comprendí en su
totalidad la última conversación telefónica, y sus palabras resonaron
de nuevo en mi alma como un postrer grito de protesta: "mientras nos
rompemos el alma trabajando en una patria ajena, alguien nos ha
cambiado las reglas del juego en la nuestra".
Era la eterna historia, pensó Verónica, acomodándose en el
asiento del tren subterráneo. La diferencia real con El Limbo, del
cual se pasa directamente al Cielo según la doctrina de la Iglesia.
Mientras multitud de inmigrantes, al regresar a sus países de origen
repletos de esperanza, se encontraban conque su patria había sido
convertida en un purgatorio o un infierno.
"Ensaya a seguir adelante cuando te cortan los sueños de raíz; cuando
se suspenden los te quiero y no quedan fuerzas para repetir las
promesas de ’volveré pronto’; cuando el timbre del teléfono se
convierte súbitamente en una ocarina sorda, y la familia se queda sin
nadie quien le escriba", le dijo Verónica a Vicente antes de
despedirse.
Al menos a los pequeños les habían mentido diciéndoles que su padre
había sufrido un accidente de automóvil y estaba en el cielo. Pero a
ella, porque iba a cumplir diez y siete años, le dijeron toda la
verdad.
¡Cuatro años! Si le
parecían casi una eternidad durante la cual multitud de sentimientos
encontrados se apoderaron de su alma: primero vino el estupor, y esa
sensación indescriptible de orfandad que amenazara destruirla. Luego
el rencor hacia él por haberle fallado cuando más iba a necesitarlo,
en el momento en que estaba próxima a graduarse de la escuela
secundaria y tendría que empezar a abrirse su propio camino. Más tarde
la reflexión, la convicción absoluta de que en el trágico desenlace de
Jorge influyeron factores desconocidos para ella. Una fuerza interior
capaz de desatar un cataclismo de tales proporciones que hizo saltar
en pedazos todas las piezas del delicado rompecabezas de su vida. Algo
no encajaba, se dijo finalmente, en el cuadro mental que se formara de
él desde siempre, desde cuando era una niña y la llevaba de la mano a
buscar tréboles en el prado o a mirar las estrellas.
Tendría que encontrar la
verdad decidió al fin un día. Por eso insistió en venir e inició su
penoso peregrinaje por la ciudad, hurgando inclusive entre las
experiencias de médicos, enfermeras y trabajadoras sociales con el fin
de aprender de primera mano los problemas que enfrentan los
inmigrantes: su lucha por romper la barrera del idioma, sus miedos,
sus fracasos. Comprender el impacto de la soledad en los que vienen
sin el apoyo de sus seres queridos. Aquellos a quienes la vida obliga
a navegar al garete, sin nadie que reconozca su rostro en la multitud
o pronuncie su nombre con cariño. Y los buscó por supuesto a ellos,
testigos de excepción en la otra cara de la ciudad, tan diferente del
rostro rutilante de Broadway o de Lincoln Center; aquella otra
existencia que constituye de por sí un poema a la desesperanza
saturado de aterradoras historias de seres perdidos irremisiblemente
entre la selva inhóspita de la metrópoli, enfrentados a una violencia
sin parangón. Seres humanos de desecho.
Verónica miró hacia atrás para contemplar el espectacular panorama de
Manhattan, que a esa hora escenificaba su desfile de luciérnagas por
sobre puentes y rascacielos. Era su última noche en Nueva York. Cerró
los ojos para tratar de iniciar un diálogo imaginario con su propio
destino. Quería quitarle la careta, mirarle de frente antes de que la
noche acabara de apoderarse de su alma y le impusiera delirios y
alucinaciones. Antes de que regresara el alba con una nueva utopía.
Recordaba perfectamente
la historia. Algunos transeúntes reportaron haber visto cuando Jorge
se lanzó en frente del tren en un sorpresivo acto demencial. Otros por
el contrario aseguraban haber visto una sombra informe empujándolo al
medio de la vía. ¿Qué importaba ahora? Por fin comprendía en toda su
enormidad la dimensión de la tragedia. Ahora sabía que su querido
padre Jorge Arce había perecido entre las garras de un monstruo mucho
más temible que todos los trenes del mundo: la soledad y la depresión
inexorable del Limbo.
¿Y quién sabe?, pensó para calmar su angustia, tal vez en una postrera
alucinación, Jorge decidiera de pronto dejarlo todo para irse a coger
tréboles y estrellas en otro confín desconocido.
Verónica abrió el libro y leyó de nuevo el poema de Rosario
Castellanos:
¿Es grande el mundo? Si del tamaño del miedo.
¿Es largo el tiempo? Es largo. Largo como el olvido.
¿Es profunda la mar? Pregúntaselo al náufrago.
El tentador sonríe. Me acaricia el cabello y me dice que duerma.
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