EL TRAJE DE BODA
 
 
 

                             EL TRAJE DE BODA
 

 

                             Por Amparo Jaramillo-Restrepo

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Era el traje de boda más hermoso que Santiago Mendoza había visto desde que empezara su peregrinaje por las casas de modas, y lo encontró como quien dice por coincidencia. No fue sino preguntarle a Isabel, la joven morena del apartamento 11, en dónde podría encontrar un vestido de novia, para que ella respondiera con un gesto de picardía invitándolo a visitarla el lunes por la noche para darle la información del caso.

               El  lugar estaba inmaculadamente limpio, pero tan recargado de adornos que casi no podía andarse en él: matas, cristales, conchas, porcelanas de todas las formas y colores, carpetas de crochet almidonadas como hostias sobre mesitas y consolas, cojines en profusión, cortinajes de cuentas. Un monumento al mal gusto y al despilfarro pensó Santiago tratando de adivinar cuántas horas de sudor en la fábrica y la casa de modas habían sido necesarias para comprar tanta basura. Pero en contraste, el traje de boda colgado cuidadosamente en un maniquí decapitado al extremo del corredor, era de un exquisito buen gusto y delicadeza, como si su dueña no fuera la misma persona que habitara  en ese ambiente de feria barata. 

                
Mientras saboreaban un plato de brevas y manjar blanco recién comprados en la bodega de la esquina, Santiago les confió su dificultad de encontrar un traje de boda a gusto, no de su novia, incapaz de hacerle imposiciones de ninguna clase, sino de su suegra, una dama muy difícil de complacer. Además les contó cómo el dichoso vestido se había convertido en un motivo de angustia para su madre, quien no veía con buenos ojos el hecho de que él escogiera el atuendo para Camila, pues seguía con la cantaleta aquella de la mala suerte para la parejas si en algún momento el novio contemplaba el traje antes de la ceremonia.

       
         La conversación derivó hacia el problema de comprar encargos para parientes y amigos y cada quien dio un ejemplo, como el de la señora aquella que encargó una máquina para peluquear vacas, hasta la solicitud recibida por Isabel de comprar un amuleto haitiano, consistente en una pata de mono colgada al cuello de un diablo negro.

              
A continuación Santiago desplegó las fotografías de diferentes trajes enviadas por su madre Doña Inés, incluyendo uno lucido por la actriz principal de "Dinastía", ese enlatado de la televisión americana que su suegra no se perdía nunca.

              
"¡Qué barbaridad!”, dijo Isabel. "Ni porque fuera a casarse en Alaska. Con ese vestido va a cocinarse, si como dice usted la recepción es en el Club Campestre de Cali, al medio día. Lo apropiado para el clima y el ambiente en que va a celebrarse la fiesta es un traje de verano, lo más ligero y vaporoso posible. “¡Justamente el mío!". Y a continuación lo llevó hasta el rincón donde lo guardaba y le pidió a Santiago cerrar los ojos mientras ella levantaba la cubierta de tela azul. Cuando el joven los abrió se irnagin6 inmediatamente a Camila lista para avanzar al son de la marcha nupcial.

              
"¡Es una preciosidad!", exclamó mientras Isabel y su esposo se inflaban de orgullo como pavos reales al pie del maniquí, “y justo la talla que Camila usa”.

              
"¡Mi obra maestra!", respondió la joven, agregando que había gastado casi quinientas horas extras, durante la noche y los fines de semana, para terminarlo. Pero valía la pena, pues aún la Señora Danielle, propietaria de la tienda, lo consideraba como uno de los vestidos más hermosos jamás diseñados por ella. Porque eso sí, cada traje fabricado en la casa de modas "La Novia Moderna" era un modelo único.

              
"¿Qué presupuesto tiene?" preguntó Isabel. Santiago contestó diciendo que su suegra había ordenado comprar lo mejor, sin importar el costo, pues para eso tenía bastante dinero y Camila era su hija única, pero su novia se negaba a invertir más de mil quinientos dólares en un vestido que iría a utilizar solamente por algunas horas.

              
"Por ese dinero no encontrará lo que busca. Mire usted: este traje, comprado en la tienda donde trabajo, no cuesta menos de tres mil dólares. El cuerpo es de organza suiza, y las incrustaciones pegadas a mano con una perlita en el centro de cada flor. Hasta tiene la etiqueta de la casa, que como ya le dije es una de las más exclusivas de Nueva York". A continuación Isabel y su esposo le confiaron la razón por la que querían deshacerse del vestido: iban a trasladarse a un apartamento en el cual no tenían espacio suficiente para guardarlo, especialmente porque esperaban su primer hijo en pocos meses. El dinero no les vendría mal dadas las circunstancias. Además, un traje de boda es algo que se usa una vez en la vida. 
        
                   
               Compararon medidas y acordaron el precio, pero Santiago insistió en hablar con Camila, pues no sabía si la chica tendría algún reparo en lucir un traje usado. “Si mi suegra se entera caerán rayos y centellas sobre mi". La dificultad más grande consistía en hacer que su suegra  desistiera de la cola de cinco metros que había ordenado, semejante a la del traje que luciera Patricia Lugones el día de su matrimonio.

             
Patricia era la amiga íntima de Camila, aunque las madres se odiaban a muerte desde cuando sus maridos aspiraran los dos a la Gobernación del Departamento resultando elegido el padre de Camila. Por eso Doña Inés no iba a ahorrar esfuerzo ni dinero, que tenía a montones, y  “ganado honradamente por sus antepasados los Ospina, no como otros cuya fortuna ha surgido de la nada”, decía siempre en forma sarcástica refiriéndose a los Lugones.

             
Santiago prometió regresar en dos días después de que hablara con su novia, y cuando al fin se presentó a recoger el vestido Isabel ya lo había colocado con sus accesorios en la caja dorada con etiqueta de la empresa para que Santiago lo pudiera llevar a mano. Era la víspera de su viaje, y la emoción no lo dejó dormir esa noche.  

             
Durante la primera hora de vuelo entre Nueva York y Bogotá los pasajeros conservaron una actitud reservada y el hombre sentado en la silla próxima al joven apenas lo miró. Era un caballero altísimo, de barba muy poblada y un aire inocultable de opulencia, y lucía un crisantemo amarillo en el ojal de la solapa. Pero cuando los ánimos empezaron a caldearse a consecuencia de los cócteles servidos con las comidas, el hombre se mostró afable y comunicativo. Se veía que había viajado mucho y poseía una buena cultura. Al preguntarle Santiago la razón por la cual llevaba la flor, le confió cómo una chica muy hermosa se le había acercado en el aeropuerto, mientras hacía cola para entrar al avión, y le colocó la flor. "Trae buena suerte", observó alguien en el asiento posterior. "En ese caso, --dijo el desconocido--, permítame que se la obsequie. Si va a contraer matrimonio la necesitará más que yo". Y dicho y hecho, prendió la flor al pecho de Santiago.

              
¡Qué extrañas son las supersticiones!, pensaba Santiago cerrando los ojos y tratando de dominar la excitación que sentía ante la perspectiva de ver a Camila. Cómo era posible que su madre, una mujer caracterizada siempre por su buen juicio, se hubiera opuesto en forma casi obsesiva a la compra del vestido en Nueva York, justificando su pánico con toda clase de historias, desde accidentes aéreos y de automóvil, hasta mordeduras de serpientes, pasando por la cornada de un toro a consecuencia de la cual el esposo de una de sus mejores amigas había quedado "inutilizado, tú me entiendes, de por vida".

               
¿A qué venía ahora esa reflexión sobre las supersticiones? tal vez al asunto del crisantemo amarillo. Si mal no recordaba aún gente relativamente culta compartía la superstición sobre el crisantemo amarillo. En resumen, sonrió divertido, acariciando el crisantemo, un poco de buena suerte no haría daño.

              
El avión de Avianca llevaba como de costumbre el grupo más heterogéneo que pudiera imaginarse, desde deportistas que regresaban al país cargados de 'triunfos morales’ hasta una candidata al Reinado Nacional de Belleza por el Departamento de Nariño, una región tan pobre, que según las malas lenguas tenían que pagarles a los maestros con tarjetas postales del Santuario de Las Lajas, o botellas de aguardiente. Lo cual no obstaba para que su candidata a Señorita Colombia  hubiera gastado miles de dólares en el vestuario, comprado en las más exclusivas tiendas neoyorquinas.

               
Los dos hombres estaban agazapados junto a uno de los carros de equipajes, y porque vestían trajes de mecánicos, nadie reparó en ellos.

               “¿Dices que trae una flor amarilla en el ojal?", preguntó el más bajito. "Si, así es. Ahí está. Dispara y no falles. Debemos evitar por todos los medios posibles que hable". Y diciendo esto, disparó una ráfaga de ametralladora sobre el cuerpo de Santiago, que en ese momento acababa de emerger del avión con la caja dorada en la mano izquierda. Este se tambaleó y salió rodando hasta la pista.

               
"¡La embarramos, hermano! Jorge Cepeda mide casi dos metros de altura y tiene una barba muy poblada. Se nos escapó otra vez". Y en efecto, un carro entrado a la pista en medio de los momentos de confusión se llevaba ahora al misterioso personaje sobre cuya cabeza pesaba la amenaza de la mafia. Mientras tanto en el pavimento, junto a la caja con el traje de boda para Camila, yacía el cuerpo inerte de Santiago Mendoza.

              
“¡Caray, era la última indignidad que me faltaba, yo desangrándome aquí en la pista, y todo el mundo cantando el Himno Nacional y aplaudiendo”, pensó Santiago de pronto. Pero luego dio un salto y recordó nítidamente que esa era la forma como se comportaban sus compatriotas al regresar a la patria. Sin embargo, a él nada le importaba ya, pues estaba muerto. Al solo pensamiento de la terrible realidad el corazón le dio un vuelco. "Un momento", se dijo, tratando de reaccionar, pero sin atreverse aún a abrir los ojos.  "Algo anda mal en mi cerebro. Si estuviera muerto no podría oír la música, ni hubiera sentido ese cimbronazo que casi me saca los riñones. ¡Dios mío, estoy vivo, vivo! todo ha sido una sueño.            
                                    
               
Empezó a palparse el cuerpo paralizado aún por el terror, pero no pudo moverse hasta cuando alguien le tocó en el hombro para decirle adiós. Solo entonces se incorporó un poco y miró por el rabillo del ojo para asegurarse de que su vecino de silla había salido de la cabina desaparecido entre los pasillos del terminal aéreo. Luego se levantó de su asiento estirando sus miembros uno a uno, planeando el movimiento de sus músculos como el gladiador que está listo a enfrentarse a una batalla. Arrojó al piso el crisantemo amarillo y salió con el paquete dorado en la mano para enfrentarse al futuro.

               
Después de la escalofriante pesadilla se sentía como si hubiera vuelto a nacer. Por esa razón besó la tierra al descender del avión y las personas que lo contemplaban desde lejos pensaron que se había vuelto loco. Por un momento tuvo la tentación de arrojar el traje de novia a una de las canecas de basura, pero se arrepintió en seguida al entrever el hermoso rostro de Camila, allá al fondo del pasillo, iluminado por la felicidad del reencuentro. ¡Al diablo con las supersticiones! se dijo, y apuró el paso.

 

   

  

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