EL FORTIN
 
   

                            EL Fortin
 

   

                            Por Amparo Jaramillo-Restrepo

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               Mientras el avión ganaba altura Sol Roberts contempló cómo la ciudad iba abriendo la palma de la mano para exhibir sus tesoros. Rascacielos resplandecientes, torreones de iglesias y museos,  mansiones imponentes que desde arriba semejaban fichas de un enorme juego de Monopolio, y a un lado el océano tendido muellemente sobre la playa con su piel espumante salpicada de pájaros y velas.


            
            Todo había empezado, recordó la joven recostada cómodamente en el asiento del avión, el día en que Silvia, su compañera de cuarto en la universidad, la invitó a la iglesia Metodista para escuchar el testimonio de un joven refugiado centroamericano. Sol había asistido solamente por acompañar a su amiga, y se sentó en unas de las bancas de atrás, muy lejos de aquel muchacho moreno de ojos chispeantes que hablaba un inglés entrecortado y cubría parcialmente su rostro con una bandana de color rojo. Al principio escuchó casi con indiferencia la historia de los problemas políticos de Centroamérica, la guerra casi continua, los sufrimientos de la gente. Sin embargo, la política estaba muy lejos de sus intereses, entregada como vivía a su carrera artística. Además, no pasaba un solo día sin que los diarios y la televisión mostraran escenas de destrucción y muerte en diferentes partes del planeta. 
             
              Pero ese domingo  las palabras de Juan Rodríguez le fueron llegando poco a poco con más fuerza, como golpes sobre una herida abierta. Sol quiso huir de allí, pero en cambio permaneció clavada a la silla, oyendo como hipnotizada el testimonio del invitado sobre sus experiencias en el ejército de su patria; su entrenamiento para combatir a 'los colorados', quienes según los militares eran los peores enemigos de su país; el choque con la realidad cuando lo trasladaron a zona de guerrilla y le tocó participar en acciones contra sus propios hermanos; las dudas que lo asaltaron y la macabra descripción del ataque a una cooperativa agrícola en el municipio de Algeciras
.
                 "... Sí, fue en Algeciras", continuó diciendo Juan mientras la tensión de la muchacha iba en aumento y su corazón estaba a punto de estallar, "donde empecé por fin a abrir los ojos. Cierto día nos ordenaron prepararnos para atacar un foco guerrillero. Era casi media noche cuando llegamos al sitio, después de viajar una hora que nos pareció una eternidad por tierra de nadie, dominada únicamente por un silencio sepulcral en medio del cual podíamos escuchar el murmullo del miedo en nuestros corazones, y el golpeteo del sudor frío de la selva sobre los cascos militares. Cuando el camión se detuvo el paraje estaba oscuro como boca de lobo", siguió diciendo Juan, "y un vaho de muerte había caído sobre la comarca como si el universo entero estuviera al asecho del monstruo de la guerra. El sargento Vargas dio la orden de atacar de frente sin perder ni un minuto; lanzamos varias granadas, y a la luz del infierno que siguió pudimos distinguir lo que parecía ser una escuela con unas cuantas casitas muy humildes diseminadas alrededor. Estábamos preparados para una feroz lucha cuerpo a cuerpo, pero a los pocos minutos de la explosión todo quedó en silencio, como si la tierra acabara de expirar. Vargas lanzó entonces un grito de triunfo y exclamó: '¡Bravo! los tostamos a todos!' Y a continuación dio la orden de regreso".

                 Más adelante Juan contó cómo aprovechando la confusión del ataque logró quedarse rezagado y se escondió entre unos matorrales hasta el amanecer. Fue entonces cuando  se acercó al lugar todavía con el fusil en la mano por temor a una emboscada, para encontrar solamente los restos calcinados de mujeres, ancianos y niños, fuera de los cuerpos sin vida de tres jóvenes, casi adolescentes.  Los jóvenes, según se enteró luego por una monja y un sacerdote que llegaron al lugar en las primeras horas de la mañana, se habían reunido la noche anterior para sentar las bases de una cooperativa agrícola en terrenos donados por varias iglesias.  Pero cuando el joven centroamericano relató el dramático momento en que él, todavía bajo la influencia del adoctrinamiento militar, preguntó a una mujer que yacía semiinconsciente entre los escombros, a dónde se habían ido 'los colorados', y ella en un ataque de histeria le lanzó el cuerpo mutilado de su bebé, Sol Roberts no pudo más y se desmayó en su rústico asiento de madera.

 

Transcurrió por lo menos media hora antes de que la muchacha lograra reponerse de su conmoción gracias a la oportuna atención de su amiga y de varias señoras de la iglesia quienes la condujeron a un saloncíto adyacente en donde la hicieron recostar sobre el sofá y le proporcionaron un poco de té aromático. Cuando regresó al salón principal los concurrentes tomaban refrescos y comentaban el testimonio de Juan. Ella entonces se acercó al grupo, y dirigiéndose al joven latinoamericano le preguntó a quemarropa con voz que denotaba una gran determinación: "¿En dónde queda Algeciras?". !Eso había sido todo!

 

Eran casi las tres de la tarde en un elegante barrio de Norwalk, Connecticut, un vecindario de calles silenciosas, prados impecables y árboles enormes que en esa época del año lucían su verde follaje en todo su esplendor dibujando encajes sobre el pavimento. La señora Roberts se sorprendió al escuchar el sonido familiar del automóvil de su esposo entrando al parqueadero, y puso a un lado los pinceles sin dar una última mirada al cuadro que estaba terminando. El la tomó de la mano, la llevó al sillón con la misma ternura que utilizaba hacia sus pequeños pacientes, y le comunicó entonces la misteriosa llamada de su hija, y la intempestiva determinación de la chica de viajar a Algeciras, ese remoto lugar centroamericano donde la encontrara él veinte años atrás, en una misión de socorro. Mientras esperaban la llegada de la chica, el doctor Roberts recordó su impresión al verla por primera vez cuando la trajeron al campo de refugiados con su piernita izquierda casi destrozada; su firme decisión de traerla a los Estados Unidos para operarla, los tristes ojos negros de la chiquilla mirándolo agradecida al despertar de la anestesia, su apagada sonrisa, y la imposibilidad absoluta de comunicarse en idioma alguno pues a causa del trauma había perdido la memoria y el habla.
 

El Doctor  Roberts se había sentido atraído a la chica desde el primer momento y fue así como decidió adoptarla si la familia no aparecía. Y no apareció a pesar de las pesquisas de la Cruz Roja y de las monjas del campo de refugiados. Así fue como Sol cuyo nombre en español habían conservado,  llegó a sus vidas. Pero se necesitaron por supuesto varios años de amor y de paciencia para curar el cuerpo y el alma de la chiquilla y acabar con sus horribles pesadillas.
 

Durante el recorrido al aeropuerto, el Doctor Roberts notó que su hija lucía el medallón de oro con el cual la trajeron aquel día ya lejano al sanatorio. Era la primera vez que lo lucía después de su rescate.  Las monjas consideraron siempre como un milagro el hecho de que la joya se hubiera salvado de la rapiña de la guerra, gracias a que la niña lucía un largo camisón  que cubría su cuerpo por completo.
 

"Me parece que deberías llevarlo en el bolso", comentó.  "En Algeciras cualquier cosa que tenga la apariencia del oro, invita a un atraco que podría poner en peligro tu vida". Ella se mostró defensiva y respondió con amargura: "Deja que sea yo misma quien descubra por mi cuenta qué clase de gente vive en la tierra que me vio nacer".
 

!La tierra que la había visto nacer! En realidad sabía tan poco de ella que tuvo que buscarla en el mapa, allá en la penumbra de la biblioteca, para que nadie se enterara de sus planes. Habían sido ocho días de pesadilla mientras ultimaba los pormenores del viaje a Algeciras  experimentando los altibajos del miedo y la esperanza de despejar al fin la incógnita de su origen.

Y ahí estaba ahora rumbo a Algeciras rodando por una carretera que parecía más un camino para bestias suspendido milagrosamente en las faldas de la montaña. Con razón el chofer de la Embajada americana se había quedado mirándola cuando salió del hotel luciendo un elegante conjunto blanco. "Creo que debería ponerse algo más cómodo" aconsejó tímidamente, señalando con los ojos a algunas de las jóvenes que circulaban por el vestíbulo. Pero Sol agregó que no tenía tiempo que perder, por vergüenza a confesar que en su aturdimiento se había olvidado de buscar ropa más adecuada para viajar en el viejo campero, por entre parajes rústicos y carreteras destapadas.

 

"En el ejército nos decían que si ganaban 'los colorados' que era el nombre como apodábamos a los guerrilleros comunistas, solamente tendríamos derecho a un solo par de zapatos al año. Como si nunca hubiéramos visto los barrios pobres o los pequeños pueblos de nuestro país en donde muchos de nuestros compatriotas caminan descalzos porque no poseen siquiera un par de zapatos",  había dicho Juan Rodríguez  aquel día memorable para ella, el día de su primera confrontación entre  su pasado y su futuro.
                           

Allá en Norwalk, Connecticut, recordó casi con vergüenza, su madre insistía siempre en que llevara los zapatos del mismo color del vestido y de acuerdo con la ocasión. Si, definitivamente, eran dos mundos diferentes: Aquel vecindario  apacible y sofisticado, en donde hasta la brisa parece soplar a tono con la quietud del ambiente para no desordenar el frondoso toldo de los árboles habitados por pájaros y ardillas. La existencia  de su familia planificada hasta en sus más pequeños aspectos, con listas de  cosas qué comprar, cumpleaños y citas médicas registradas en el almanaque de la cocina. Un mundo en el cual detalles tan mínimos como la forma de colocar el papel higiénico en el soporte respectivo merecían comentarse en columnas de periódicos, y los grupos "pro-life" y "pro-choice" que defendían o rechazaban el aborto se enfrentaban a gritos en frente de la Casa Blanca.l .                       Mientras que en este otro universo, que empezaba a abrirse poco a poco ante los ojos abismados de la muchacha, eran otros los predicamentos, por más de que ella no pudiera captarlos en todo su dramatismo.  Ya no se trataba simplemente de si los seres humanos tenían derecho a venir al mundo después de ser engendrados entre tiro y tiro de fusil; lo sorprendente, casi irónico, es que siguieran naciendo a pesar de la guerra continua,  el hambre, las enfermedades, y las limitaciones de toda índole a que eran sometidos desde la niñez.
 

El terreno era tan escarpado que Sol se sentía lanzada de uno a otro lado del vehículo, y a los pocos minutos el chofer se había cansado de decir "I'm sorry". Ella por su parte decidió guardar el diccionario inglés-español, para dedicarse a admirar los pocos árboles y animales que encontraron a su paso en aquel patético escenario de desolación. Definitivamente pensó, los seres humanos parecían haber abandonado la comarca, a excepción hecha de los soldados armados hasta los dientes que patrullaban la carretera, y saludaban en forma amistosa cada vez que Pablo alzaba la bandera americana para identificarse.
 

Una sensación de angustia indescriptible la sobrecogió al llegar a Algeciras y palpar la destrucción y la miseria; al ver las calles casi desiertas salvo por unos pocos chiquillos famélicos sentados en el portal de una vivienda semiderruída por el tiempo, y unas cuantas gallinas picoteando aquí y allá, al pie de una estatua derribada en lo que parecía haber sido la plaza principal.  Algunas personas se asomaron a las ventanas al escuchar el ruido del carro, pero volvieron a cerrarlas en un gesto de desconfianza. Uno de los policías que encontraron les informó que la iglesia parroquial se había quemado durante un bombardeo hacía algunos años, y la única forma de encontrar documentos sería hablando con el viejo notario, el Doctor Salamanca. Fue así como llegaron a la casona colonial al fondo de la calle.
 

Sol saludó a la criada en un español rudimentario aprendido en parte en la escuela o improvisado en el avión a base de diccionario, y ésta la hizo pasar a un pequeño recibidor atestado de libros polvorientos, con la huella implacable de los años sobre sus lomos carcomidos.  Allí la encontró el viejo funcionario, quien al comprobar el esfuerzo de la chica para expresarse en el idioma nativo empezó a hablarle en inglés.  Sol le explicó el motivo de su viaje y le entregó la cajita de madera tallada en cuyo interior reposaban los dos únicos objetos que podrían dar una pista sobre su origen: El medallón de oro con el nombre de Sol Medina y la fecha, 24 de octubre de 1964, aparentemente la fecha de su nacimiento, y el rústico brazalete de plástico, semejante a los que se usan en los hospitales, sobre el cual la patrulla de rescate había escrito: "El Fortin",  mayo 11 de 1970".  Su pasado, pensó Sol, cabía en el cuenco de su mano.
 

Un escalofrío de muerte recorrió el cuerpo del viejo notario, pero su memoria desvencijada no lograba entender el por qué. Contempló sin embargo los objetos tratando de aparentar indiferencia,  argumentando que aunque los nombres y las fechas eran aparentemente datos concluyentes, él no podía prometer nada, pues los archivos parroquiales habían sido destruídos en el bombardeo y los pocos que se conservaron estaban en un estado lamentable. Además sería necesario consultar periódicos de la época, otro recurso al que recurría a menudo, ya que en ellos se publicaban a veces las listas de muertos o sobrevivientes en los ataques guerrilleros o las acciones del ejército. Aunque las palabras del anciano trataron de desanimar a Sol, ella insistió en tono suplicante, agregando que había viajado a Algeciras a descubrir la verdad sobre su origen, y no se iría sin ella costara lo que costara, así tuviera que remover hasta el último hueso en el cementerio del lugar, y tocar con los nudillos de sus dedos las memorias adormecidas por  la guerra. Se había crecido mientras hablaba y en sus ojos brillaba un fuego nuevo que el viejo notario  no advirtiera al principio, así que no tuvo más remedio que hacerla pasar al jardín y pedir a la criada que le ofreciera un refresco, pues el calor del medio día empezaba a fustigar el valle enloqueciendo a las abejas en rosales y bugambilias.
 

Ya en el jardín Sol aspiró con avidez el perfume de las flores y se arrellenó en la silla de mimbre, sola con sus pensamientos por primera vez en varios días. El momento era de un dramatismo tal que la muchacha podía escuchar magnificado en sus oídos el aleteo rítmico de su corazón, el croar de las ranas en el estanque vecino, y el apagado rumor subterráneo de las plantas del trópico, estirando sus tallos para respirar el aire polvoriento del medio día. Pero sin embargo, sus recuerdos continuaban encerrados en el hermético espacio de la nada, y ella se preguntó con desesperación por qué sus pupilas no recordaban el lomo sinuoso de las montañas, ni las formas de las hojas de los árboles; por qué causa secreta su olfato no reconocía el aroma de las flores y las frutas; cómo era posible que su alma no vibrara al llamado amoroso de las aves que debió escuchar de niña en esa misma tierra donde supuestamente había vivido con sus padres. Y ellos, ¿qué se habían hecho?, ¿tendría acaso hermanos, tíos, abuelos?... porque a medida que la espera se alargaba, sus pensamientos se iban convirtiendo como en un torrente desbocado que corriera saltando de piedra en piedra sin detenerse.

                    Fue entonces cuando el miedo se posó sobre ella como una de esas mariposas negras que revoloteaban  en los guaduales vecinos, y en el paroxismo de la angustia, tuvo el terrible presentimiento de que la verdad sobre su origen sería una carga más pesada que el signo de interrogación que había llevado sobre su conciencia durante casi veinte años. Pero ya era demasiado tarde para volver atrás. Después de todo, los ríos no se devuelven.

 

Varios años después, cuando el Doctor Salamanca perdió la vista y tuvo que abandonar sus archivos, recordaría aún a la hermosa muchacha estadunidense que había viajado hasta Algeciras para encontrar la verdad sobre sus padres. Hasta entonces su trabajo había sido de una monotonía exasperante: transcripción de documentos y contactos con periodistas extranjeros que pretendían hacer siempre un estudio 'serio' sobre la situación en el país o el conflicto centroamericano sin estudiar la historia ni saber el idioma, sacando a veces las conclusiones más descabelladas de sus conversaciones a media lengua con los lugareños. Pero éste había sido un caso totalmente distinto.

 

Sí, había descubierto la verdad, concluyó después de varias horas de pesquisas cuidadosas en periódicos y papeles casi desleídos por el tiempo. Se hallaba en una hoja amarillenta archivada en el viejo legajador correspondiente a mayo de 1970. Pero ahora que la tenía en las manos se sentía completamente anonadado por su peso, incapaz de enfrentarse con ella a la joven mujer que lo esperaba ansiosa en el fondo del jardín. Como si no hubiera sido ella otra víctima de esa guerra sucia que nadie entendía pero cuya violencia había cercenado la vida y las ilusiones de miles de sus compatriotas. ¿Por qué un golpe más?
 

Miró el vetusto reloj que continuaba con su implacable laboriosidad bordando horas en el universo estancado del despacho, y se dijo que no le quedaba mucho tiempo. Si, no tenía otra alternativa. Le diría a Sol Roberts que sus pesquisas habían resultado infructuosas y le aconsejaría en el tono más convincente que abandonara su búsqueda. Era perentorio sacarla de Algeciras, impedir por todos los medios posibles que hablara con alguien en cuya memoria pudiera haberse quedado grabada la macabra historia de 'El Fortín'. Pero antes de llegar a la puerta de su oficina se detuvo, volvió sobre sus pasos y se sentó frente a su vieja máquina de escribir.  Acababa de tomar una decisión, la única que podría aplacar en forma definitiva la angustia de la chica dejándola satisfecha de haber encontrado la verdad sobre su origen. Tendría él, Roberto Salamanca, defensor furibundo de la verdad, que mentir. Y a continuación empezó a escribir el documento que entregaría, acompañado de los respectivos sellos notariales a la anhelante muchacha, y que decía así:

 

"Mayo 12 de 1970"

A causa de un ataque aéreo sobre la región de Bellavista, municipio de Algeciras, perecieron varios campesinos y todo el personal médico del puesto de salud, incluyendo al Doctor Felipe Medina y su esposa Soledad quienes habían llegado recientemente a esa martirizada región para prestar ayuda humanitaria. El cuerpo de su pequeña hija Sol Medina no se encontró entre los escombros y continúa en la lista de desaparecidos. Según informes recogidos por este corresponsal, el matrimonio Medina era extranjero, aunque se desconoce su nacionalidad. Pero sus nombres habrá que agregarlos a los de tantos héroes anónimos que han traspasado fronteras y entregado sus vidas para ayudar a sus hermanos en estos momentos de tragedia. El ejército negó enfáticamente la versión de que el ataque hubiera sido perpetrado por uno de sus aviones o helicópteros  y ha ordenado una rigurosa investigación.

Pedro Páramo.  Corresponsal


                "¿Y qué significa el nombre de 'El Fortín' escrito en el brazalete?", preguntó Sol con ansiedad. "Nada, absolutamente nada. Debió tratarse de un error. ¡Olvídelo!".

                           "Al menos ahora sé que puedo sentirme orgullosa de mis padres. Le quedaré eternamente agradecida por su ayuda" dijo Sol. Y luego, como volviendo a la realidad, agregó impulsivamente: "Tal vez debería quedarme. Soy joven,  y seguramente habrá muchas cosas que puedo hacer por ayudar a la gente de esta región en la misma forma en que lo hicieron mis padres".  El rostro del viejo notario se ensombreció entonces y casi en un grito desesperado contestó: "¡No Señorita Roberts! esta es nuestra guerra y usted ya ha sufrido suficiente por su causa. Regrese a su país y a la generosa pareja que le salvó la vida por segunda vez y no vuelva nunca. ¿Me oye? nun ... ca! La nuestra es una tierra maldita en la cual la vida humana vale menos que una brizna de hierba". Y se hundió en el sillón, agobiado por las emociones del día, sin darse cuenta siquiera cuando Sol Roberts depositó una generosa suma de dinero en la mesita y se dirigió a la salida para no regresar jamás.

 

Eran casi las seis de la tarde y el sol daba sus últimas pinceladas sobre el lienzo enorme del firmamento cuando entró la criada para anunciarle que la comida estaba lista. Se incorporó entonces con dificultad, se acercó a un pequeño bracero y destruyó el brazalete de plástico y el documento original firmado por la Comisión Internacional para la Paz, el cual decía:
                         

"Mayo 12 de 1970"

 

Noticias llegadas del corregimiento de Bellavista, municipio de Algeciras, informaron cómo una enardecida multitud prendió fuego a 'El Fortín', la legendaria residencia campestre del capitán Daniel Medina. El Capitán, su esposa y su hijo de 13 años trataron de escapar, pero fueron acribillados  por los asaltantes. Como se recordará, Medina y su Regimiento 26 habían sembrado el terror entre los campesinos de la comarca por varios años, y una de las masacres que se les atribuyen fue la del caserío Las Margaritas, en la cual perecieron casi todos los habitantes, sin distinción de sexo o edad. Acusado de recibir cuantiosas sumas de dinero de los terratenientes a cambio del desalojo de inumerables familias pobres de sus parcelas, Medina había acumulado una considerable fortuna.

                  El cuerpo de su pequeña hija Sol Medina no se encontró por ninguna parte, y se teme haya sido secuestrada. El gobierno ha iniciado una rigurosa investigación para castigar a los responsables de este horrendo crimen".
Pedro Páramo corresponsal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


               Eran casi las dos de la mañana cuando el viejo notario logró al fin conciliar el sueño, impresionado como estaba por la patética historia de 'El Fortín', y la lucha interna que tuviera que librar consigo mismo en el desgarrador caso de Sol Medina. Antes de quedarse dormido recordó las proféticas palabras de su padre: "Las penas son siempre más llevaderas cuando no vienen acompañadas de vergüenza". Al menos allá, en su lejano país, Sol Roberts, ignorante de la verdad,  no tendría que avergonzarse nunca.


   

  

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