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EL FORTIN |
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EL Fortin |
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Transcurrió por lo menos media hora antes de que la muchacha lograra reponerse de su conmoción gracias a la oportuna atención de su amiga y de varias señoras de la iglesia quienes la condujeron a un saloncíto adyacente en donde la hicieron recostar sobre el sofá y le proporcionaron un poco de té aromático. Cuando regresó al salón principal los concurrentes tomaban refrescos y comentaban el testimonio de Juan. Ella entonces se acercó al grupo, y dirigiéndose al joven latinoamericano le preguntó a quemarropa con voz que denotaba una gran determinación: "¿En dónde queda Algeciras?". !Eso había sido todo!
Eran
casi las tres de la tarde en un elegante barrio de Norwalk,
Connecticut, un vecindario de calles silenciosas, prados impecables y
árboles enormes que en esa época del año lucían su verde follaje
en todo su esplendor dibujando encajes sobre el pavimento. La señora
Roberts se sorprendió al escuchar el sonido familiar del automóvil
de su esposo entrando al parqueadero, y puso a un lado los pinceles
sin dar una última mirada al cuadro que estaba terminando. El la tomó
de la mano, la llevó al sillón con la misma ternura que utilizaba
hacia sus pequeños pacientes, y le comunicó entonces la misteriosa
llamada de su hija, y la intempestiva determinación de la chica de
viajar a Algeciras, ese remoto lugar centroamericano donde la
encontrara él veinte años atrás, en una misión de socorro.
Mientras esperaban la llegada de la chica, el doctor Roberts recordó
su impresión al verla por primera vez cuando la trajeron al campo de
refugiados con su piernita izquierda casi destrozada; su firme decisión
de traerla a los Estados Unidos para operarla, los tristes ojos negros
de la chiquilla mirándolo agradecida al despertar de la anestesia, su
apagada sonrisa, y la imposibilidad absoluta de comunicarse en idioma
alguno pues a causa del trauma había perdido la memoria y
el habla. El
Doctor Roberts se había sentido atraído a la chica desde el
primer momento y fue así como decidió adoptarla si la familia no
aparecía. Y no apareció a pesar de las pesquisas de la Cruz Roja y
de las monjas del campo de refugiados. Así fue como Sol cuyo nombre
en español habían conservado, llegó a sus vidas. Pero se
necesitaron por supuesto varios años de amor y de paciencia para
curar el cuerpo y el alma de la chiquilla y acabar con sus horribles
pesadillas. Durante
el recorrido al aeropuerto, el Doctor Roberts notó que su hija lucía
el medallón de oro con el cual la trajeron aquel día ya lejano al
sanatorio. Era la primera vez que lo lucía después de su rescate.
Las monjas consideraron siempre como un milagro el hecho de que la
joya se hubiera salvado de la rapiña de la guerra, gracias a que la
niña lucía un largo camisón que cubría su cuerpo por
completo. "Me
parece que deberías llevarlo en el bolso", comentó.
"En Algeciras cualquier cosa que tenga la apariencia del oro,
invita a un atraco que podría poner en peligro tu vida". Ella se
mostró defensiva y respondió con amargura: "Deja que sea yo
misma quien descubra por mi cuenta qué clase de gente vive en la
tierra que me vio nacer". !La
tierra que la había visto nacer! En realidad sabía tan poco de ella que
tuvo que buscarla en el mapa, allá en la penumbra de la biblioteca,
para que nadie se enterara de sus planes. Habían sido ocho días de pesadilla mientras ultimaba los pormenores
del viaje a Algeciras experimentando los altibajos del miedo y
la esperanza de despejar al fin la incógnita de su origen. Y ahí estaba ahora rumbo a Algeciras rodando por una carretera que parecía más un camino para bestias suspendido milagrosamente en las faldas de la montaña. Con razón el chofer de la Embajada americana se había quedado mirándola cuando salió del hotel luciendo un elegante conjunto blanco. "Creo que debería ponerse algo más cómodo" aconsejó tímidamente, señalando con los ojos a algunas de las jóvenes que circulaban por el vestíbulo. Pero Sol agregó que no tenía tiempo que perder, por vergüenza a confesar que en su aturdimiento se había olvidado de buscar ropa más adecuada para viajar en el viejo campero, por entre parajes rústicos y carreteras destapadas.
"En
el ejército nos decían que si ganaban 'los colorados' que era el
nombre como apodábamos a los guerrilleros comunistas, solamente tendríamos
derecho a un solo par de zapatos al año. Como si nunca hubiéramos
visto los barrios pobres o los pequeños pueblos de nuestro país en
donde muchos de nuestros compatriotas caminan descalzos porque no
poseen siquiera un par de zapatos", había dicho Juan Rodríguez
aquel día memorable para ella, el día de su primera confrontación
entre su pasado y su futuro. Allá en Norwalk, Connecticut, recordó casi con vergüenza, su madre
insistía siempre en que llevara los zapatos del mismo color del
vestido y de acuerdo con la ocasión. Si, definitivamente, eran dos
mundos diferentes: Aquel vecindario apacible y sofisticado, en
donde hasta la brisa parece soplar a tono con la quietud del ambiente
para no desordenar el frondoso toldo de los árboles habitados por pájaros
y ardillas. La existencia de su familia planificada hasta en sus
más pequeños aspectos, con listas de cosas qué comprar,
cumpleaños y citas médicas registradas en el almanaque de la cocina.
Un mundo en el cual detalles tan mínimos como la forma de colocar el
papel higiénico en el soporte respectivo merecían comentarse en
columnas de periódicos, y los grupos "pro-life" y
"pro-choice" que defendían o rechazaban el aborto se
enfrentaban a gritos en frente de la Casa Blanca.l .
Mientras
que en este otro universo, que empezaba a abrirse poco a poco ante los
ojos abismados de la muchacha, eran otros los predicamentos, por más
de que ella no pudiera captarlos en todo su dramatismo. Ya no se
trataba simplemente de si los seres humanos tenían derecho a venir al
mundo después de ser engendrados entre tiro y tiro de fusil; lo
sorprendente, casi irónico, es que siguieran naciendo a pesar de la
guerra continua, el hambre, las enfermedades, y las limitaciones
de toda índole a que eran sometidos desde la niñez. El
terreno era tan escarpado que Sol se sentía lanzada de uno a otro
lado del vehículo, y a los pocos minutos el chofer se había cansado
de decir "I'm sorry". Ella por su parte decidió guardar el
diccionario inglés-español, para dedicarse a admirar los pocos árboles
y animales que encontraron a su paso en aquel patético escenario de
desolación. Definitivamente pensó, los seres humanos parecían haber
abandonado la comarca, a excepción hecha de los soldados armados
hasta los dientes que patrullaban la carretera, y saludaban en forma
amistosa cada vez que Pablo alzaba la bandera americana para
identificarse. Una
sensación de angustia indescriptible la sobrecogió al llegar a
Algeciras y palpar la destrucción y la miseria; al ver las calles
casi desiertas salvo por unos pocos chiquillos famélicos sentados en
el portal de una vivienda semiderruída por el tiempo, y unas cuantas
gallinas picoteando aquí y allá, al pie de una estatua derribada en
lo que parecía haber sido la plaza principal. Algunas personas
se asomaron a las ventanas al escuchar el ruido del carro, pero
volvieron a cerrarlas en un gesto de desconfianza. Uno de los policías
que encontraron les informó que la iglesia parroquial se había
quemado durante un bombardeo hacía algunos años, y la única forma
de encontrar documentos sería hablando con el viejo notario, el
Doctor Salamanca. Fue así como llegaron a la casona colonial al fondo
de la calle. Sol
saludó a la criada en un español rudimentario aprendido en parte en
la escuela o improvisado en el avión a base de diccionario, y ésta
la hizo pasar a un pequeño recibidor atestado de libros polvorientos,
con la huella implacable de los años sobre sus lomos carcomidos.
Allí la encontró el viejo funcionario, quien al comprobar el
esfuerzo de la chica para expresarse en el idioma nativo empezó a
hablarle en inglés. Sol le explicó el motivo de su viaje y le
entregó la cajita de madera tallada en cuyo interior reposaban los
dos únicos objetos que podrían dar una pista sobre su origen: El
medallón de oro con el nombre de Sol Medina y la fecha, 24 de octubre
de 1964, aparentemente la fecha de su nacimiento, y el rústico
brazalete de plástico, semejante a los que se usan en los hospitales,
sobre el cual la patrulla de rescate había escrito: "El
Fortin", mayo 11 de 1970". Su pasado, pensó
Sol, cabía en el cuenco de su mano. Un
escalofrío de muerte recorrió el cuerpo del viejo notario, pero su
memoria desvencijada no lograba entender el por qué. Contempló sin
embargo los objetos tratando de aparentar indiferencia,
argumentando que aunque los nombres y las fechas eran aparentemente
datos concluyentes, él no podía prometer nada, pues los archivos
parroquiales habían sido destruídos en el bombardeo y los pocos que
se conservaron estaban en un estado lamentable. Además sería
necesario consultar periódicos de la época, otro recurso al que
recurría a menudo, ya que en ellos se publicaban a veces las listas
de muertos o sobrevivientes en los ataques guerrilleros o las acciones
del ejército. Aunque las palabras del anciano trataron de desanimar a
Sol, ella insistió en tono suplicante, agregando que había viajado a
Algeciras a descubrir la verdad sobre su origen, y no se iría sin
ella costara lo que costara, así tuviera que remover hasta el último
hueso en el cementerio del lugar, y tocar con los nudillos de sus
dedos las memorias adormecidas por la guerra. Se había crecido
mientras hablaba y en sus ojos brillaba un fuego nuevo que el viejo
notario no advirtiera al principio, así que no tuvo más
remedio que hacerla pasar al jardín y pedir a la criada que le
ofreciera un refresco, pues el calor del medio día empezaba a
fustigar el valle enloqueciendo a las abejas en rosales y bugambilias. Ya en el jardín Sol aspiró con avidez el perfume de las flores y se
arrellenó en la silla de mimbre, sola con sus pensamientos por
primera vez en varios días. El momento era de un dramatismo tal que
la muchacha podía escuchar magnificado en sus oídos el aleteo rítmico
de su corazón, el croar de las ranas en el estanque vecino, y el
apagado rumor subterráneo de las plantas del trópico, estirando sus
tallos para respirar el aire polvoriento del medio día. Pero sin
embargo, sus recuerdos continuaban encerrados en el hermético espacio
de la nada, y ella se preguntó con desesperación por qué sus
pupilas no recordaban el lomo sinuoso de las montañas, ni las formas
de las hojas de los árboles; por qué causa secreta su olfato no
reconocía el aroma de las flores y las frutas; cómo era posible que
su alma no vibrara al llamado amoroso de las aves que debió escuchar
de niña en esa misma tierra donde supuestamente había vivido con sus
padres. Y ellos, ¿qué se habían hecho?, ¿tendría acaso hermanos,
tíos, abuelos?... porque a medida que la espera se alargaba, sus
pensamientos se iban convirtiendo como en un torrente desbocado que
corriera saltando de piedra en piedra sin detenerse.
Varios años después, cuando el Doctor Salamanca perdió la vista y tuvo que abandonar sus archivos, recordaría aún a la hermosa muchacha estadunidense que había viajado hasta Algeciras para encontrar la verdad sobre sus padres. Hasta entonces su trabajo había sido de una monotonía exasperante: transcripción de documentos y contactos con periodistas extranjeros que pretendían hacer siempre un estudio 'serio' sobre la situación en el país o el conflicto centroamericano sin estudiar la historia ni saber el idioma, sacando a veces las conclusiones más descabelladas de sus conversaciones a media lengua con los lugareños. Pero éste había sido un caso totalmente distinto.
Sí,
había descubierto la verdad, concluyó después de varias horas de
pesquisas cuidadosas en periódicos y papeles casi desleídos por el
tiempo. Se hallaba en una hoja amarillenta archivada en el viejo
legajador correspondiente a mayo de 1970. Pero ahora que la tenía en
las manos se sentía completamente anonadado por su peso, incapaz de
enfrentarse con ella a la joven mujer que lo esperaba ansiosa en el
fondo del jardín. Como si no hubiera sido ella otra víctima de esa
guerra sucia que nadie entendía pero cuya violencia había cercenado
la vida y las ilusiones de miles de sus compatriotas. ¿Por qué un
golpe más? Miró el vetusto reloj que continuaba con su implacable laboriosidad bordando horas en el universo estancado del despacho, y se dijo que no le quedaba mucho tiempo. Si, no tenía otra alternativa. Le diría a Sol Roberts que sus pesquisas habían resultado infructuosas y le aconsejaría en el tono más convincente que abandonara su búsqueda. Era perentorio sacarla de Algeciras, impedir por todos los medios posibles que hablara con alguien en cuya memoria pudiera haberse quedado grabada la macabra historia de 'El Fortín'. Pero antes de llegar a la puerta de su oficina se detuvo, volvió sobre sus pasos y se sentó frente a su vieja máquina de escribir. Acababa de tomar una decisión, la única que podría aplacar en forma definitiva la angustia de la chica dejándola satisfecha de haber encontrado la verdad sobre su origen. Tendría él, Roberto Salamanca, defensor furibundo de la verdad, que mentir. Y a continuación empezó a escribir el documento que entregaría, acompañado de los respectivos sellos notariales a la anhelante muchacha, y que decía así:
"Mayo
12 de 1970"
Eran
casi las seis de la tarde y el sol daba sus últimas pinceladas sobre
el lienzo enorme del firmamento cuando entró la criada para
anunciarle que la comida estaba lista. Se incorporó entonces con
dificultad, se acercó a un pequeño bracero y destruyó el brazalete
de plástico y el documento original firmado por la Comisión
Internacional para la Paz, el cual decía: "Mayo 12 de 1970"
Noticias
llegadas del corregimiento de Bellavista, municipio de Algeciras,
informaron cómo una enardecida multitud prendió fuego a 'El Fortín',
la legendaria residencia campestre del capitán Daniel Medina. El
Capitán, su esposa y su hijo de 13 años trataron de escapar, pero
fueron acribillados por los asaltantes. Como se recordará,
Medina y su Regimiento 26 habían sembrado el terror entre los
campesinos de la comarca por varios años, y una de las masacres que
se les atribuyen fue la del caserío Las Margaritas, en la cual
perecieron casi todos los habitantes, sin distinción de sexo o edad.
Acusado de recibir cuantiosas sumas de dinero de los terratenientes a
cambio del desalojo de inumerables familias pobres de sus parcelas,
Medina había acumulado una considerable fortuna.
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