EL CABECILLA
 
   

                             EL Cabecilla
 

   

                            Por Amparo Jaramillo-Restrepo

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               En la bodega se confundían abigarrada y olorosamente alimentos típicos de diferentes países latinoamericanos: arepas de Colombia y Venezuela, tortillas de Méjico, dulces de Argentina, embutidos de España, pescado ecuatoriano, tamales centroamericanos y frutas originarias del Caribe para aplacar las nostalgias gastronómicas de los hispanos, al tiempo que entre la clientela se hablaba español con una variedad infinita de acentos y modismos. Pero aunque se saludaran en la tienda de la esquina, rezaran juntos en el templo y el idioma fuera común, se miraban con desconfianza, por más de que tuvieran que vivir en la misma barriada venida a menos de un país extranjero. Pero de vez en cuando, si los tocaba un asunto de interés común, se volvían una sola voz y una sola oreja, no importaba la trivialidad de la causa.
 

              "Lleva perdido casi dos días. El viejo está inconsolable pues era su único compañero cuando los demás salían a trabajar", dijo Teresa. "Alguien debe estarse robando los gatos del vecindario. Ya es como el tercer caso este mes, agregó Rosa". "Es la policía. Ya ni siquiera eso quieren dejarnos..." comentó otra de las parroquianas. "¡No!, que eso está sucediendo desde que se pasaron los vietnamitas, o los haitianos quienes los utilizan para sus ritos de vudú..." ,  aseguró Susana. "¡Que no!, ellos utilizan niños, por eso es que se pierden tantas criaturas" dijo otro. "¡Yo insisto en que es culpa de los vietnamitas!" dijo enfática la dueña de la tienda. Y al final, casi todos los asistentes dan por cierto que los orientales se están comiendo los gatos del barrio.
 

                 El tema favorito sin embargo,  que se había convertido casi  en obsesión en esos momentos, era el de las drogas. Y los colombianos, todos los colombianos, el chivo expiatorio, por más de que tales substancias las vendieran y consumieran por igual individuos de distintas nacionalidades.
 

                  Así estaban las cosas cuando Josefina le propuso a su esposo Adolfo hacer las reuniones en su casa. El se negó rotundamente temiendo que si los vecinos empezaban a ver carros o caras nuevas cerca de su residencia, iban a empezar a sospechar algo podrido. Y harto trabajo le había dado hasta el momento conservar su posición en el banco y la dignidad de su familia sacrificándose y trabajando horas extras en la elaboración de documentos de impuestos,  con el fin de que su esposa no tuviera que abandonar el hogar y pudiera dedicarse a sus hijos, quienes asistían a colegios privados para que adquirieran buenos principios y se codearan con gente de su 'clase'.  De modo que por ningún motivo  iba a comprometer su buen nombre para satisfacer las chifladuras místicas de su cuñada.
 

           Así quedó el asunto por algunos días, hasta un sábado muy temprano cuando Gertrudis se apareció sin previo aviso y se sentó a llorar sobre el sofá florecido, cual si estuviera derritiéndose a causa de un sorpresivo aguacero, mientras el maquillaje que usaba en cantidades industriales chorreaba por sus mejillas. "Ayer gastamos otros ciento cincuenta dólares en radiografías que por supuesto no dieron ningún resultado" dijo. Entonces Josefina, la dueña de casa, empezó su retahíla de quejas contra la medicina en los Estados Unidos, uno de los temas favoritos de los inmigrantes cuando les daba por asolear sus heridas.
 

           “Se acuerdan ustedes de Paco, el muchacho ese mono que trabaja en el supermercado de la esquina? Pues como les parece que lo tuvieron en el hospital todo el fin de semana gritando de un dolor en el estómago y luego lo enviaron a la casa porque no le descubrieron nada”. “No, eso no es nada. Yo estuve como dos semanas con una infección en la garganta, y como el examen de laboratorio daba negativo, no quisieron darme ningún antibiótico por más de que volaba de fiebre”.  Afortunadamente Rosita tenía algunas cápsulas de Ambramicina que había traído de Medellín y eso me salvó” agregó Josefina.
 

             Gertrudis seguía llorando inconsolablemente, pues era una artista consumada por más de que no hubiera tomado nunca clases de teatro. "Te digo que a Miguel le duele la espalda hasta para pensar. ¡Y saber que tiene que manejar un taxi todo el día! Por favor, Josefina, ayúdanos. Mi prima Leticia con quien hablé por teléfono el otro día, me comentó que tu hermana Dolores hace prodigios y que la gente habla y no acaba de sus dotes maravillosas. Yo te prometo que guardaremos estricta reserva, porque eso sí, yo soy cerrada y trancada por dentro cuando de callar un secreto se trata".
 

             "El problema es Adolfo quien no quiere reuniones de ninguna especie aquí", seguía diciendo Josefina que conocía la terquedad de su marido, hasta que el dueño de casa se hizo presente al fin en la salita atendiendo al llamado de las mujeres.
 

             Finalmente el rictus de dolor en la cara de Gertrudis, las manos dobladas como dos lirios marchitos sobre la falda, los ojos levantados en actitud suplicante y un poquito de curiosidad, por qué no confesarlo, terminaron por hacer ceder a Adolfo, aunque en el fondo estuviera convencido de que Miguel era un hipocondríaco y su presunta enfermedad no tenía nada que ver con su columna, sino con su mujer que andaba la calle todo el día en busca de gangas, mientras el pobre hombre se derrengaba trabajando.
 

             La primera reunión se programó para el día siguiente. "Solamente ustedes dos y nosotros", insistió Adolfo, pero a la hora de la verdad resultaron diez personas. A los chicos los enviaron donde los abuelos para que no se enteraran de nada y no llevaran historias raras a la escuela, y entre tanto Josefina arregló un pequeño salón del primer piso según las instrucciones de Dolores: una mesa cubierta con una sábana blanca en el centro, la imagen de la Virgen Milagrosa y la del Divino Maestro a los lados y la del Hermano José Gregorio Hernández que Dolores llevaba siempre en su maletín de viaje, presidiéndolo todo. Veladoras y flores completaban la decoración del improvisado y modesto santuario.
 

              Empezaron por rezar el rosario a las siete en punto y tan pronto terminaron entró Dolores vestida de blanco. Era una mujer rechoncha y de edad indefinida, con facciones ordinarias de mulata, y ojos enormes que miraban al interlocutor como si fueran a desnudarle el pensamiento. Había estado ayunando todo el día para purificarse, comentó, y luego se arrodilló frente a la mesa y comenzó su letanía: "Aquí venimos Hermano Bendito a pedirte ayuda para nuestro amigo Miguel. Concédenos por la pasión y gracia de Nuestro Señor Jesús, ser tu instrumento curador en este día y continuar así el bien que has venido haciendo por tantos años."
 

               Entre los asistentes reinó desde el principio un silencio absoluto y el único sonido que llegaba hasta el recinto era el ruido cacofónico del tren que hacía temblar la vivienda a su paso. Dolores pidió a Miguel que se acercara y lo hizo acostar sobre la mesa. El obedeció de buena gana, pues llevaba una semana preparándose lleno de esperanza para la sesión. Las oraciones continuaron por un espacio de tiempo que al hombre se le hizo eterno, mientras la tensión crecía por momentos entre los asistentes a la reunión y se metía por las rendijas de los espíritus como una planta trepadora.
 

               Una vez terminado el rezo la cabeza de Dolores, quien había permanecido arrodillada hasta entonces, se dobló de pronto y empezó a sacudirse como víctima de una horrible pesadilla. A continuación sus palabras empezaron a salir entrecortadas, casi imperceptibles: "Una persona, hay una persona que me rechaza, que no me deja llegar",  murmuraba con voz pastosa, tartamudeando. "Le pido que se salga". Automáticamente Josefina lanzó una mirada condenatoria a Adolfo, y éste no tuvo más remedio que abandonar la habitación, maldiciéndose por haberse dejado influenciar por la embaucadora de Gertrudis.
 

                Súbitamente, la figura pequeñita de Dolores comenzó a crecerse y la voz melodiosa de mujer adquirió un tono masculino con el distintivo acento costeño de los venezolanos. A continuación  tomó el fonendoscopio colocado en una mesita auxiliar, y se dedicó a auscultar el torso desnudo del hombre con el mismo profesionalismo del médico que examina por primera vez a un paciente: "Pulmones y corazón en buen estado. Una pequeña arritmia, tal vez a causa de los nervios. No tiene por qué temer. Tranquilícese"  siguió diciendo con su voz varonil, como si estuviera acostumbrada a dominar las tempestades del cuerpo y del alma con una sola palabra.  Movió luego sus manos para indicarle a Miguel que se volviera boca abajo y continuó su examen minuciosamente. "No siento ningún daño grave en la columna. Tensión, mucha tensión... Aquí los músculos forman como un nudo". Miguel se quejó levemente a causa de la presión en la cintura. "Relajarse, tomar tónicos 5 y 8... evite permanecer sentado por mucho tiempo; haga ejercicio moderado…, camine diariamente…, los riñones se sienten un poco congestionados. Nada de analgésicos. Mucho líquido y aplicación de compresas calientes, paz, mucha paz..."
 

               El examen duró alrededor de veinte minutos y al terminar Dolores se llevó las manos a la frente para alejar el dolor de cabeza que la sobrecogía después de cada sesión y que en ocasiones la hacía guardar cama por varias horas. Pero a los pocos minutos volvió a ser la misma mujercita insignificante que llegara al aeropuerto Kennedy la semana anterior, sin otro equipaje que un pequeño maletín repleto de imágenes del hermano José Gregorio Hernández, aquel médico venezolano fallecido hace muchos años, pero cuya fama continúa extendiéndose entre los latinoamericanos de distintas latitudes y clases sociales.
 

               Por varias semanas los asistentes a la ceremonia inicial no hablaron de otra cosa, y a pesar del carácter confidencial de la reunión la noticia llegó a parientes y amigos, quienes veían con sorpresa el cambio operado en la salud de Miguel. No tanto por el efecto de los tónicos 5 y 8 como decía escéptico Adolfo,  sino por los cambios en sus hábitos de vida, pues  aunque continuaba manejando el taxi,  había puesto en práctica todos y cada uno de los consejos que el espíritu del médico le había dado por intermedio de su ‘medium’ Dolores García. Y así fue como entre ese grupo de gentes sencillas, tan huérfanas de milagros, Dolores adquirió una dimensión distinta, casi de santa, y el mismo dueño de casa acabó por reconocer que esa mujer calladita, dulce, compasiva, de un estoicismo y un desprendimiento a toda prueba, era un ser de excepción. Ella entre tanto continuaba igual, negándose a aceptar remuneración alguna por sus servicios, pero recibiendo con sencillez pequeñas manifestaciones de aprecio que sus amigos agradecidos le ofrecían a diario: una llamada por teléfono para decirle que fulano había pasado mejor noche, o que la abuelita no había vuelto a toser, un ramito de flores o un pañolón tejido.
 

              El ámbito del vecindario hervía de chismes mientras tanto y la compra de una docena de uniformes en un almacén de los alrededores no hizo sino echar leña a la hoguera. "Algo grande se traen…"  dijo Doña Rosario una noche mientras se acomodaba en el sillón a mirar su novela favorita;  "Debe ser un laboratorio de coca… eso de los uniformes me da mala espina.... Marina dice que a veces siente olores raros"  terció su nuera Dioselina;  "algún día vuela todo el barrio" agregó Roberto en tono serio. "Quien los ve tan orgullosos enviando los chicos a colegios privados y no dejándolos meter con los niños vecinos", terció de nuevo Dioselina; "ayer la vi comprando una caja de veladoras. A lo mejor están metidos en brujería";  "Eso no tendría nada de raro" comentó Roberto "en la televisión dijeron esta semana que aún las personas de aspecto más inofensivo pueden estar envueltas en satanismo". "No, los colombianos tienen otra clase de actividades, tu sabes" remató Doña Rosario brevemente para no interrumpir su novela. “Y después dicen que la culpa de lo que nos pasa a los hispanos la tiene la mala prensa; lo que ocurre es que alguna de esta gente llega aquí y cree que puede hacer lo que le dé la gana”. “Sabes que ni siquiera van a la iglesia del barrio? Al último hijo lo bautizaron nada menos que en la Catedral de San Patricio”. “Estás segura?, porque lo que es en ropa no gastan ni un centavo. Esa mujer tiene el mismo abrigo desde que se pasaron aquí!".  
 

              Adolfo presentía la conmoción de los vecinos, aunque no pudiera oír sus chismes y sus comentarios, y se reía divertido, pensando que algún día, cuando se enteraran de la verdad, tendrían que tragarse sus chismes. Había puesto a un lado sus reparos y atendía a los visitantes con una gentileza desacostumbrada en él, ante la sorpresa de su esposa Josefina. Ya no solamente ayudaba a preparar el sitio de reunión colocando asientos hasta en el último rincón de la sala-comedor, sino que hasta se ofreció a comprar personalmente los trajes blancos para los asistentes. La idea había surgido después de que oyó a Dolores comentar que en algunos grupos de adeptos a José Gregorio Hernández los presentes lucían uniformes blancos, lo que parecía complacer enormemente al espíritu del médico milagroso.
 

               Y así fue como entre los devotos de Dolores se fue formando con el tiempo una hermandad muy particular nacida del sentimiento íntimo del secreto compartido. De ahí que se dirigieran miradas furtivas en el supermercado o en el tren y hablaran algunas veces en clave, refiriéndose a las sesiones de sanación como ‘la misa’, o simplemente ‘el rosario’. “No olvides el rosario del domingo” se decían guiñando el ojo. Constituían en resumen una como logia especial, y sus vidas por varios meses giraron en torno al grupo y a la transformación efectuada en la existencia de algunos de sus allegados y amigos.
 

               Mientras tanto la agitación en el barrio crecía por momentos y el pasatiempo favorito parecía ser espiar a través de las ventanas para ver quiénes asistían a las reuniones de los Valderrama los jueves y los domingos por la noche.
 

   El primero en sospechar movimientos raros en el vecindario fue John Jairo, el hijo mayor, a quien  desde hacía varias semanas sus padres le habían permitido asistir a las reuniones. "He oído varios helicópteros sobrevolando el barrio desde  el viernes, papá. Eso me da mala espina" dijo el joven. "La vecina de la casa verde estaba espiándome esta mañana cuando salí a sacar la basura, y al entrar a la tienda de la esquina todo el mundo detuvo la conversación como si hubiera llegado un marciano" confesó preocupada Josefina. "Tal vez se nos ha ido la mano. A la última reunión vinieron casi veinte personas”, agregó la dueña de casa. "Me parece que es muy tarde para lamentarse ahora. Tu empezaste todo esto" la recriminó Adolfo enfadado tirando la puerta mientras se perdía en el silencio de su oficina.
 

                El ambiente se sentía particularmente tenso ese domingo mientras los asistentes se colocaban sus delantales blancos. Y no era solamente la excitación normal que los sobrecogía antes de cada sesión pues el rito cambiaba frecuentemente, y el espíritu del médico se adentraba a veces en problemas emocionales o  de conducta de la persona, como cuando se negó airadamente a tratar a un fumador empedernido, diciéndole que hasta que él no estuviera dispuesto a ayudarse a sí mismo, no valía la pena buscar milagros. Había algo más, una como sensación de peligro que no habían detectado antes, y que las llamadas de Josefina habían despertado de pronto. “Por favor,  no inviten a nadie nuevo…, y dejen los carros en el parqueadero de la iglesia”, les había pedido encarecidamente a todos por teléfono esa mañana. Como si fuera poco, mientras charlaban sobre el progreso de los paciente Adolfo aprovechó la oportunidad para llamarles la atención.
 

                 “Para ninguno de ustedes”, dijo, “es un secreto la desconfianza que nos rodea y es posible que a estas alturas algunos de los vecinos hayan empezado a tejer fábulas sobre nuestras reuniones. Y aunque este es solo un grupo de sanación para ayudar a algunos de nuestros hermanos, no podemos descartar del todo la posibilidad de que a la policía metropolitana, llamada por algún chismoso, le dé por meter las narices. Si eso llega a suceder, les ruego mantener la calma y no decir ni una sola palabra hasta que yo llame a mi abogado. Les aseguro que nos la van a pagar si se atreven siquiera a tocarnos”.
 

Se alarmaron un poco, pero tan pronto apareció Dolores en su actitud de completa serenidad recobraron la calma y se concentraron en seguir como hipnotizados sus palabras y movimientos.
 

La paciente esta vez era una niñita de cinco años llamada Zoraida, quien había perdido aparentemente el habla desde su llegada de Méjico hacía varios meses, sin que hasta ese momento la maestra de la escuela o la trabajadora social hubieran podido descifrar el misterio. Su carita aterrorizada ante los uniformes blancos los conmovió a todos. Dolores al verla reaccionó inmediatamente;  se puso un saco color rosado y le pidió a la madre sentarse con la niña en una silla próxima. “Vamos a orar por Zoraida y por sus padres” pidió  y todos se pusieron de rodillas y unieron sus manos mientras repetían la oración”. Pero al contrario de lo que pasaba generalmente, cuando Dolores se ponía en pie al mismo tiempo con los asistentes al grupo una vez terminadas las oraciones, la mujer permaneció clavada ahí en la alfombra con la cabeza baja, sacudida por violentas convulsiones,  y cuando al fin pudo incorporarse observaron que tenía el rostro bañado en lágrimas. “Excúsenme un momento” dijo, y desapareció en su cuarto mientras los participantes se miraban desconcertados.

Al cabo de un rato regresó, recobrada ya su compostura y con un gran libro de colores en la mano. Cuando por fin se dirigió a  Zoraida empezó a hablar con la voz que todos habían aprendido a reconocer como la de su benefactor. “No tienes nada que temer, le dijo a la niña quien permanecía abrazada al cuello de su madre. Todos aquí somos tus amigos, y vamos a ayudarte a encontrar las palabras que se tragó ‘el miedo’. Sabes? El miedo es como uno de esos dragones de los cuentos de hadas. Zoraida entre tanto se fue animando y levantó su carita para mirar fijamente a Dolores. Los recuerdas? Unos animales muy grandes que echan fuego por la boca. Pero te voy a contar un secreto. Esos animales no existen, son de cartón. Así que cuando veas uno de ellos simplemente haces ‘sas’ con tu manito y lo aplastas, y ya está.  Vamos a ensayarlo”. Y dicho y hecho abrió el libro de cuentos en donde aparecía de relieve un dragón. “Te fijas? Es de cartón. Dale un golpe  para que no te moleste”. La niña se había animado y le dio un golpe tan duro al dragón que  tumbó el libro al suelo. “Ves?,  dijo Dolores tomándola en los brazos, así es el miedo. Simplemente le das un manotazo y se va, y las palabras regresan.

Qué es esto? Preguntó luego a quemarropa la mujer”

“Un dulce” contestó la chiquilla inmediatamente y los asistentes aplaudieron llenos de emoción. Era la primera palabra que pronunciaba Zoraida desde hacía cinco meses, y todos cayeron de rodillas para dar gracias a Dios y al Hermano José Gregorio Hernández. Los padres de Zoraida no salían de su asombro mientras los concurrentes se paraban de sus sillas para felicitarlos. Pero Dolores no dijo ni una palabra y como una autómata desapareció rápidamente del salón. Nadie tenía porque saberlo, pero en el mismo momento en que se había arrodillado a orar antes de la sesión, había tenido una visión aterradora que la había conmovido hasta lo más profundo de su alma: la de una familia de inmigrantes compuesta de una pareja y dos niños que viajaban a través de la frontera escondidos en un camión de mercancía, con prohibición absoluta de hablar o de llorar. De ahí el trauma de la pequeña, y el secreto que  los padres no habían querido rebelar a nadie. Uno de esos negros secretos que con la ayuda de Dios, pensó, se iría disipando con el tiempo.

“Es mi última reunión”, les dijo a todos ese próximo jueves cuando se hubieron acomodado en sus sillas. “Tengo  que volver a mi gente”. Y era tal su determinación que nadie se atrevió a contradecirla aunque les doliera su partida. Antes de la oración tradicional Josefina comentó que Lucy, la madre de la niña mejicana había llamado para contar que Zoraida  estaba recuperando poco a poco el habla, y no quería desprenderse del libro que le había regalado Dolores.

En el grupo reinó esa noche una paz infinita, como si la historia del dragón hubiera evaporado también la desconfianza y el recelo de las semanas anteriores; por alguna razón todos se sentían protegidos en ese universo de misterio en donde la voz de Dolores navegaba sobre todos los corazones mientras sus manos se movían suavemente recorriendo el cuerpo de una anciana.
            Pero de pronto, como a las once de la noche oyeron un ruido sordo y la puerta de entrada, que quedaba cerca del saloncito, saltó en pedazos. Era la policía que había llegado por sorpresa con un despliegue de fuerzas suficientes para invadir una isla del Caribe. A los hombres los colocaron contra la pared para cachearlos, mientras otros agentes rompían colchones, revolcaban la cocina, y destruían el jardincito que Josefina cultivaba con tanto esmero, dizque buscando un laboratorio de cocaína. Como pruebas condenatorias se llevaron un frasco de 'Areparina', la harina de maíz que la dueña de casa utilizaba para hacer las arepas tradicionales del desayuno, y el maletín de Dolores con las imágenes del Hermano José Gregorio Hernández.

                Para explicar el allanamiento, el Comandante de la policía turno convocó a una rueda de prensa en la cual mostró el frasco con el polvo blanco, cuya 'pureza' agregó no se conocería con exactitud hasta que llegaran las pruebas del laboratorio. Agregó sin embargo que la policía había descubierto una banda sofisticada de ciudadanos colombianos comprometidos en tráfico de drogas. No quería dar muchos detalles por el momento para no entorpecer la investigación, pero lo más importante de la operación era el haber establecido sin lugar a dudas el nombre del Cabecilla, cuya fotografía, como dato curioso, portaban todos los asistentes a la residencia, y quien correspondía al nombre de JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ.

               

 

              Amparo Jaramillo-Restrepo      

   

  

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