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EL CABECILLA |
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EL Cabecilla |
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"Lleva perdido casi dos días. El viejo está
inconsolable pues era su único compañero cuando los demás salían a
trabajar", dijo Teresa. "Alguien debe estarse robando los gatos del
vecindario. Ya es como el tercer caso este mes, agregó Rosa". "Es la
policía. Ya ni siquiera eso quieren dejarnos..." comentó otra de las
parroquianas. "¡No!, que eso está sucediendo desde que se pasaron los
vietnamitas, o los haitianos quienes los utilizan para sus ritos de vudú..."
, aseguró Susana. "¡Que no!, ellos utilizan niños, por eso es que se
pierden tantas criaturas" dijo otro. "¡Yo insisto en que es culpa de los
vietnamitas!" dijo enfática la dueña de la tienda. Y al final, casi
todos los asistentes dan por cierto que los orientales se están comiendo
los gatos del barrio.
El tema favorito sin embargo, que se había
convertido casi en obsesión en esos momentos, era el de las drogas. Y
los colombianos, todos los colombianos, el chivo expiatorio, por más de
que tales substancias las vendieran y consumieran por igual individuos
de distintas nacionalidades.
Así estaban las cosas cuando Josefina le propuso a
su esposo Adolfo hacer las reuniones en su casa. El se negó rotundamente
temiendo que si los vecinos empezaban a ver carros o caras nuevas cerca
de su residencia, iban a empezar a sospechar algo podrido. Y harto
trabajo le había dado hasta el momento conservar su posición en el banco
y la dignidad de su familia sacrificándose y trabajando horas extras en
la elaboración de documentos de impuestos, con el fin de que su esposa
no tuviera que abandonar el hogar y pudiera dedicarse a sus hijos,
quienes asistían a colegios privados para que adquirieran buenos
principios y se codearan con gente de su 'clase'. De modo que por
ningún motivo iba a comprometer su buen nombre para satisfacer las
chifladuras místicas de su cuñada.
Así quedó el asunto por algunos días, hasta un sábado
muy temprano cuando Gertrudis se apareció sin previo aviso y se sentó a
llorar sobre el sofá florecido, cual si estuviera derritiéndose a causa
de un sorpresivo aguacero, mientras el maquillaje que usaba en
cantidades industriales chorreaba por sus mejillas. "Ayer gastamos otros
ciento cincuenta dólares en radiografías que por supuesto no dieron
ningún resultado" dijo. Entonces Josefina, la dueña de casa, empezó su
retahíla de quejas contra la medicina en los Estados Unidos, uno de los
temas favoritos de los inmigrantes cuando les daba por asolear sus
heridas.
“Se acuerdan ustedes de Paco, el muchacho ese mono que
trabaja en el supermercado de la esquina? Pues como les parece que lo
tuvieron en el hospital todo el fin de semana gritando de un dolor en el
estómago y luego lo enviaron a la casa porque no le descubrieron nada”.
“No, eso no es nada. Yo estuve como dos semanas con una infección en la
garganta, y como el examen de laboratorio daba negativo, no quisieron
darme ningún antibiótico por más de que volaba de fiebre”.
Afortunadamente Rosita tenía algunas cápsulas de Ambramicina que había
traído de Medellín y eso me salvó” agregó Josefina.
Gertrudis seguía llorando inconsolablemente, pues
era una artista consumada por más de que no hubiera tomado nunca clases
de teatro. "Te digo que a Miguel le duele la espalda hasta para pensar.
¡Y saber que tiene que manejar un taxi todo el día! Por favor, Josefina,
ayúdanos. Mi prima Leticia con quien hablé por teléfono el otro día, me
comentó que tu hermana Dolores hace prodigios y que la gente habla y no
acaba de sus dotes maravillosas. Yo te prometo que guardaremos estricta
reserva, porque eso sí, yo soy cerrada y trancada por dentro cuando de
callar un secreto se trata".
"El problema es Adolfo quien no quiere reuniones de
ninguna especie aquí", seguía diciendo Josefina que conocía la terquedad
de su marido, hasta que el dueño de casa se hizo presente al fin en la
salita atendiendo al llamado de las mujeres.
Finalmente el rictus de dolor en la cara de
Gertrudis, las manos dobladas como dos lirios marchitos sobre la falda,
los ojos levantados en actitud suplicante y un poquito de curiosidad,
por qué no confesarlo, terminaron por hacer ceder a Adolfo, aunque en el
fondo estuviera convencido de que Miguel era un hipocondríaco y su
presunta enfermedad no tenía nada que ver con su columna, sino con su
mujer que andaba la calle todo el día en busca de gangas, mientras el
pobre hombre se derrengaba trabajando.
La primera reunión se programó para el día siguiente.
"Solamente ustedes dos y nosotros", insistió Adolfo, pero a la hora de
la verdad resultaron diez personas. A los chicos los enviaron donde los
abuelos para que no se enteraran de nada y no llevaran historias raras a
la escuela, y entre tanto Josefina arregló un pequeño salón del primer
piso según las instrucciones de Dolores: una mesa cubierta con una
sábana blanca en el centro, la imagen de la Virgen Milagrosa y la del
Divino Maestro a los lados y la del Hermano José Gregorio Hernández que
Dolores llevaba siempre en su maletín de viaje, presidiéndolo todo.
Veladoras y flores completaban la decoración del improvisado y modesto
santuario.
Empezaron por rezar el rosario a las siete en punto
y tan pronto terminaron entró Dolores vestida de blanco. Era una mujer
rechoncha y de edad indefinida, con facciones ordinarias de mulata, y
ojos enormes que miraban al interlocutor como si fueran a desnudarle el
pensamiento. Había estado ayunando todo el día para purificarse, comentó,
y luego se arrodilló frente a la mesa y comenzó su letanía: "Aquí
venimos Hermano Bendito a pedirte ayuda para nuestro amigo Miguel.
Concédenos por la pasión y gracia de Nuestro Señor Jesús, ser tu
instrumento curador en este día y continuar así el bien que has venido
haciendo por tantos años."
Entre los asistentes reinó desde el principio un
silencio absoluto y el único sonido que llegaba hasta el recinto era el
ruido cacofónico del tren que hacía temblar la vivienda a su paso.
Dolores pidió a Miguel que se acercara y lo hizo acostar sobre la mesa.
El obedeció de buena gana, pues llevaba una semana preparándose lleno de
esperanza para la sesión. Las oraciones continuaron por un espacio de
tiempo que al hombre se le hizo eterno, mientras la tensión crecía por
momentos entre los asistentes a la reunión y se metía por las rendijas
de los espíritus como una planta trepadora.
Una vez terminado el rezo la cabeza de Dolores,
quien había permanecido arrodillada hasta entonces, se dobló de pronto y
empezó a sacudirse como víctima de una horrible pesadilla. A
continuación sus palabras empezaron a salir entrecortadas, casi
imperceptibles: "Una persona, hay una persona que me rechaza, que no me
deja llegar", murmuraba con voz pastosa, tartamudeando. "Le pido que se
salga". Automáticamente Josefina lanzó una mirada condenatoria a Adolfo,
y éste no tuvo más remedio que abandonar la habitación, maldiciéndose
por haberse dejado influenciar por la embaucadora de Gertrudis.
Súbitamente, la figura pequeñita de Dolores comenzó
a crecerse y la voz melodiosa de mujer adquirió un tono masculino con el
distintivo acento costeño de los venezolanos. A continuación tomó el
fonendoscopio colocado en una mesita auxiliar, y se dedicó a auscultar
el torso desnudo del hombre con el mismo profesionalismo del médico que
examina por primera vez a un paciente: "Pulmones y corazón en buen
estado. Una pequeña arritmia, tal vez a causa de los nervios. No tiene
por qué temer. Tranquilícese" siguió diciendo con su voz varonil, como
si estuviera acostumbrada a dominar las tempestades del cuerpo y del
alma con una sola palabra. Movió luego sus manos para indicarle a
Miguel que se volviera boca abajo y continuó su examen minuciosamente.
"No siento ningún daño grave en la columna. Tensión, mucha tensión...
Aquí los músculos forman como un nudo". Miguel se quejó levemente a
causa de la presión en la cintura. "Relajarse, tomar tónicos 5 y 8...
evite permanecer sentado por mucho tiempo; haga ejercicio moderado…,
camine diariamente…, los riñones se sienten un poco congestionados. Nada
de analgésicos. Mucho líquido y aplicación de compresas calientes, paz,
mucha paz..."
El examen duró alrededor de veinte minutos y al
terminar Dolores se llevó las manos a la frente para alejar el dolor de
cabeza que la sobrecogía después de cada sesión y que en ocasiones la
hacía guardar cama por varias horas. Pero a los pocos minutos volvió a
ser la misma mujercita insignificante que llegara al aeropuerto Kennedy
la semana anterior, sin otro equipaje que un pequeño maletín repleto de
imágenes del hermano José Gregorio Hernández, aquel médico venezolano
fallecido hace muchos años, pero cuya fama continúa extendiéndose entre
los latinoamericanos de distintas latitudes y clases sociales.
Por varias semanas los asistentes a la ceremonia
inicial no hablaron de otra cosa, y a pesar del carácter confidencial de
la reunión la noticia llegó a parientes y amigos, quienes veían con
sorpresa el cambio operado en la salud de Miguel. No tanto por el efecto
de los tónicos 5 y 8 como decía escéptico Adolfo, sino por los cambios
en sus hábitos de vida, pues aunque continuaba manejando el taxi,
había puesto en práctica todos y cada uno de los consejos que el
espíritu del médico le había dado por intermedio de su ‘medium’ Dolores
García. Y así fue como entre ese grupo de gentes sencillas, tan
huérfanas de milagros, Dolores adquirió una dimensión distinta, casi de
santa, y el mismo dueño de casa acabó por reconocer que esa mujer
calladita, dulce, compasiva, de un estoicismo y un desprendimiento a
toda prueba, era un ser de excepción. Ella entre tanto continuaba igual,
negándose a aceptar remuneración alguna por sus servicios, pero
recibiendo con sencillez pequeñas manifestaciones de aprecio que sus
amigos agradecidos le ofrecían a diario: una llamada por teléfono para
decirle que fulano había pasado mejor noche, o que la abuelita no había
vuelto a toser, un ramito de flores o un pañolón tejido.
El ámbito del vecindario hervía de chismes mientras
tanto y la compra de una docena de uniformes en un almacén de los
alrededores no hizo sino echar leña a la hoguera. "Algo grande se traen…"
dijo Doña Rosario una noche mientras se acomodaba en el sillón a mirar
su novela favorita; "Debe ser un laboratorio de coca… eso de los
uniformes me da mala espina.... Marina dice que a veces siente olores
raros" terció su nuera Dioselina; "algún día vuela todo el barrio"
agregó Roberto en tono serio. "Quien los ve tan orgullosos enviando los
chicos a colegios privados y no dejándolos meter con los niños vecinos",
terció de nuevo Dioselina; "ayer la vi comprando una caja de veladoras.
A lo mejor están metidos en brujería"; "Eso no tendría nada de raro"
comentó Roberto "en la televisión dijeron esta semana que aún las
personas de aspecto más inofensivo pueden estar envueltas en satanismo".
"No, los colombianos tienen otra clase de actividades, tu sabes" remató
Doña Rosario brevemente para no interrumpir su novela. “Y después dicen
que la culpa de lo que nos pasa a los hispanos la tiene la mala prensa;
lo que ocurre es que alguna de esta gente llega aquí y cree que puede
hacer lo que le dé la gana”. “Sabes que ni siquiera van a la iglesia del
barrio? Al último hijo lo bautizaron nada menos que en la Catedral de
San Patricio”. “Estás segura?, porque lo que es en ropa no gastan ni un
centavo. Esa mujer tiene el mismo abrigo desde que se pasaron aquí!".
Adolfo presentía la conmoción de los vecinos, aunque
no pudiera oír sus chismes y sus comentarios, y se reía divertido,
pensando que algún día, cuando se enteraran de la verdad, tendrían que
tragarse sus chismes. Había puesto a un lado sus reparos y atendía a los
visitantes con una gentileza desacostumbrada en él, ante la sorpresa de
su esposa Josefina. Ya no solamente ayudaba a preparar el sitio de
reunión colocando asientos hasta en el último rincón de la sala-comedor,
sino que hasta se ofreció a comprar personalmente los trajes blancos
para los asistentes. La idea había surgido después de que oyó a Dolores
comentar que en algunos grupos de adeptos a José Gregorio Hernández los
presentes lucían uniformes blancos, lo que parecía complacer enormemente
al espíritu del médico milagroso.
Y así fue como entre los devotos de Dolores se fue
formando con el tiempo una hermandad muy particular nacida del
sentimiento íntimo del secreto compartido. De ahí que se dirigieran
miradas furtivas en el supermercado o en el tren y hablaran algunas
veces en clave, refiriéndose a las sesiones de sanación como ‘la misa’,
o simplemente ‘el rosario’. “No olvides el rosario del domingo” se
decían guiñando el ojo. Constituían en resumen una como logia especial,
y sus vidas por varios meses giraron en torno al grupo y a la
transformación efectuada en la existencia de algunos de sus allegados y
amigos.
Mientras tanto la agitación en el barrio crecía por
momentos y el pasatiempo favorito parecía ser espiar a través de las
ventanas para ver quiénes asistían a las reuniones de los Valderrama los
jueves y los domingos por la noche.
El primero en
sospechar movimientos raros en el vecindario fue John Jairo, el hijo
mayor, a quien desde hacía varias semanas sus padres le habían
permitido asistir a las reuniones. "He oído varios helicópteros
sobrevolando el barrio desde el viernes, papá. Eso me da mala espina"
dijo el joven. "La vecina de la casa verde estaba espiándome esta mañana
cuando salí a sacar la basura, y al entrar a la tienda de la esquina
todo el mundo detuvo la conversación como si hubiera llegado un marciano"
confesó preocupada Josefina. "Tal vez se nos ha ido la mano. A la última
reunión vinieron casi veinte personas”, agregó la dueña de casa. "Me
parece que es muy tarde para lamentarse ahora. Tu empezaste todo esto"
la recriminó Adolfo enfadado tirando la puerta mientras se perdía en el
silencio de su oficina.
El ambiente se sentía particularmente tenso ese
domingo mientras los asistentes se colocaban sus delantales blancos. Y
no era solamente la excitación normal que los sobrecogía antes de cada
sesión pues el rito cambiaba frecuentemente, y el espíritu del médico se
adentraba a veces en problemas emocionales o de conducta de la persona,
como cuando se negó airadamente a tratar a un fumador empedernido,
diciéndole que hasta que él no estuviera dispuesto a ayudarse a sí mismo,
no valía la pena buscar milagros. Había algo más, una como sensación de
peligro que no habían detectado antes, y que las llamadas de Josefina
habían despertado de pronto. “Por favor, no inviten a nadie nuevo…, y
dejen los carros en el parqueadero de la iglesia”, les había pedido
encarecidamente a todos por teléfono esa mañana. Como si fuera poco,
mientras charlaban sobre el progreso de los paciente Adolfo aprovechó la
oportunidad para llamarles la atención.
“Para ninguno de ustedes”, dijo, “es un secreto la
desconfianza que nos rodea y es posible que a estas alturas algunos de
los vecinos hayan empezado a tejer fábulas sobre nuestras reuniones. Y
aunque este es solo un grupo de sanación para ayudar a algunos de
nuestros hermanos, no podemos descartar del todo la posibilidad de que a
la policía metropolitana, llamada por algún chismoso, le dé por meter
las narices. Si eso llega a suceder, les ruego mantener la calma y no
decir ni una sola palabra hasta que yo llame a mi abogado. Les aseguro
que nos la van a pagar si se atreven siquiera a tocarnos”.
Se
alarmaron un poco, pero tan pronto apareció Dolores en su actitud de
completa serenidad recobraron la calma y se concentraron en seguir como
hipnotizados sus palabras y movimientos. La paciente esta vez era una niñita de cinco años llamada Zoraida, quien había perdido aparentemente el habla desde su llegada de Méjico hacía varios meses, sin que hasta ese momento la maestra de la escuela o la trabajadora social hubieran podido descifrar el misterio. Su carita aterrorizada ante los uniformes blancos los conmovió a todos. Dolores al verla reaccionó inmediatamente; se puso un saco color rosado y le pidió a la madre sentarse con la niña en una silla próxima. “Vamos a orar por Zoraida y por sus padres” pidió y todos se pusieron de rodillas y unieron sus manos mientras repetían la oración”. Pero al contrario de lo que pasaba generalmente, cuando Dolores se ponía en pie al mismo tiempo con los asistentes al grupo una vez terminadas las oraciones, la mujer permaneció clavada ahí en la alfombra con la cabeza baja, sacudida por violentas convulsiones, y cuando al fin pudo incorporarse observaron que tenía el rostro bañado en lágrimas. “Excúsenme un momento” dijo, y desapareció en su cuarto mientras los participantes se miraban desconcertados. Al cabo de un rato regresó, recobrada ya su compostura y con un gran libro de colores en la mano. Cuando por fin se dirigió a Zoraida empezó a hablar con la voz que todos habían aprendido a reconocer como la de su benefactor. “No tienes nada que temer, le dijo a la niña quien permanecía abrazada al cuello de su madre. Todos aquí somos tus amigos, y vamos a ayudarte a encontrar las palabras que se tragó ‘el miedo’. Sabes? El miedo es como uno de esos dragones de los cuentos de hadas. Zoraida entre tanto se fue animando y levantó su carita para mirar fijamente a Dolores. Los recuerdas? Unos animales muy grandes que echan fuego por la boca. Pero te voy a contar un secreto. Esos animales no existen, son de cartón. Así que cuando veas uno de ellos simplemente haces ‘sas’ con tu manito y lo aplastas, y ya está. Vamos a ensayarlo”. Y dicho y hecho abrió el libro de cuentos en donde aparecía de relieve un dragón. “Te fijas? Es de cartón. Dale un golpe para que no te moleste”. La niña se había animado y le dio un golpe tan duro al dragón que tumbó el libro al suelo. “Ves?, dijo Dolores tomándola en los brazos, así es el miedo. Simplemente le das un manotazo y se va, y las palabras regresan. Qué es esto? Preguntó luego a quemarropa la mujer” “Un dulce” contestó la chiquilla inmediatamente y los asistentes aplaudieron llenos de emoción. Era la primera palabra que pronunciaba Zoraida desde hacía cinco meses, y todos cayeron de rodillas para dar gracias a Dios y al Hermano José Gregorio Hernández. Los padres de Zoraida no salían de su asombro mientras los concurrentes se paraban de sus sillas para felicitarlos. Pero Dolores no dijo ni una palabra y como una autómata desapareció rápidamente del salón. Nadie tenía porque saberlo, pero en el mismo momento en que se había arrodillado a orar antes de la sesión, había tenido una visión aterradora que la había conmovido hasta lo más profundo de su alma: la de una familia de inmigrantes compuesta de una pareja y dos niños que viajaban a través de la frontera escondidos en un camión de mercancía, con prohibición absoluta de hablar o de llorar. De ahí el trauma de la pequeña, y el secreto que los padres no habían querido rebelar a nadie. Uno de esos negros secretos que con la ayuda de Dios, pensó, se iría disipando con el tiempo. “Es mi última reunión”, les dijo a todos ese próximo jueves cuando se hubieron acomodado en sus sillas. “Tengo que volver a mi gente”. Y era tal su determinación que nadie se atrevió a contradecirla aunque les doliera su partida. Antes de la oración tradicional Josefina comentó que Lucy, la madre de la niña mejicana había llamado para contar que Zoraida estaba recuperando poco a poco el habla, y no quería desprenderse del libro que le había regalado Dolores.
En el
grupo reinó esa noche una paz infinita, como si la historia del dragón
hubiera evaporado también la desconfianza y el recelo de las semanas
anteriores; por alguna razón todos se sentían protegidos en ese universo
de misterio en donde la voz de Dolores navegaba sobre todos los
corazones mientras sus manos se movían suavemente recorriendo el cuerpo
de una anciana. Para explicar el allanamiento, el Comandante de la policía turno convocó a una rueda de prensa en la cual mostró el frasco con el polvo blanco, cuya 'pureza' agregó no se conocería con exactitud hasta que llegaran las pruebas del laboratorio. Agregó sin embargo que la policía había descubierto una banda sofisticada de ciudadanos colombianos comprometidos en tráfico de drogas. No quería dar muchos detalles por el momento para no entorpecer la investigación, pero lo más importante de la operación era el haber establecido sin lugar a dudas el nombre del Cabecilla, cuya fotografía, como dato curioso, portaban todos los asistentes a la residencia, y quien correspondía al nombre de JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ.
Amparo Jaramillo-Restrepo
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