¡Silencio
absoluto! Es el turno de Elena para leer su tarea de literatura y
participar así en el concurso de cuentos del mes que organiza su
profesora de español en la escuela secundaria. Su trabajo dice lo
siguiente:
Las cosas empezaron a complicarse cuando salimos de Quito el viernes.
La abuela había disfrutado al máximo nuestras vacaciones de Semana
Santa en Ecuador, y nos sentíamos muy contentos de haberla tenido como
compañera de viaje y comprobar una vez más su sentido del humor, su
inteligencia y su gran sensibilidad ante las cosas bellas del hermano
país, como dicen los colombianos refiriéndose a Ecuador. Al leer el
nombre de algunos de los pueblos por donde cruzábamos recordaba
anécdotas ocurridas en la guerra de independencia aprendidas en su
niñez. ¡Qué prodigiosa memoria la suya! Pero esa tarde la notamos
decaída, aunque no se quejó de nada, y papá sugirió acortar la jornada
con el fin de que ella pudiera descansar mejor, y madrugar al día
siguiente para llegar a Pasto por la noche. Luego, el domingo,
haríamos la última parte del trayecto para llegar a Sevilla según lo
planeado, pues él debería reintegrase al trabajo el lunes y yo a la
escuela en Nueva York, una semana después.
Como viajábamos en una camioneta Rambler nuevecita, propiedad del tío
Jorge, no tuvimos problemas de transporte. La carretera es estupenda,
el paisaje bellísimo, similar al del sur de Colombia, con sus pequeños
cultivos de diferentes colores que a la distancia semejan una
gigantesca colcha de retazos-- o quilts, como decimos en inglés--y los Andes con sus volcanes y nevados
magníficos, cual dioses dormidos sobre un cielo siempre cambiante. La
población campesina está compuesta en su gran mayoría por indios,
cuyos rostros estatuarios parecen tallados a cincel por la mano
implacable del tiempo. Y allí los encuentra uno a la vera del camino
vendiendo cachivaches, flores o frutas.
Como a las cuatro de la tarde llegamos a un restaurante, y
después de descansar y tomar una sopa caliente, preguntamos si era
posible hallar un hotel decente en los alrededores. Nos dieron la
dirección de El Mirador, una hostería colonial levantada en una
pequeña colina y rodeada completamente de flores. Los dueños son unos
suizos que, después de viajar por toda Suramericana, resolvieron
quedarse en Ecuador subyugados por la belleza del paisaje, la pureza
del ambiente y la bondad de sus gentes.
Pedimos dos cuartos: Uno para Guillermo y mis padres, y otro para la
abuela y yo. Ella se acostó inmediatamente. Como se quejaba de frío,
le dimos un té caliente, colocamos en el dormitorio un calentador de
ambiente que nos facilitó la dueña del hotel, la arropamos bien, y
ante su insistencia de que todo lo que tenía era cansancio, que no nos
preocupáramos, decidimos dejarla tranquila.
Hacía un frío que se le metía a uno hasta los huesos, así que nos
refugiamos en el salón principal cuyo único lujo consistía en una
hermosa chimenea, y nos dedicamos a charlar y a escuchar música andina.
Al poco rato mi padre descubrió un billar y se puso a jugar con el
suizo. Como a las diez de la noche nos despedimos, pagamos la cuenta,
y subimos a nuestras habitaciones pues pensábamos madrugar al otro día.
Mamá fue a mirar a la abuela para ver si necesitaba algo, pero
decidimos que sería mejor no despertarla y nos acostamos sin hacer el
menor ruido.
Dormimos como piedras esa noche hasta que el despertador sonó a las
cuatro de la mañana y a poco mamá se levantó y vino a nuestro cuarto
para llamar a la abuelita. Ella había insistido la noche anterior en
que la llamaran de primera, agregando que por nada en el mundo se
perdería el espectáculo de los nevados al amanecer, cuando pueden
contemplarse en toda su belleza pues luego se cubren de niebla y se “encapotan”,
como dicen los habitantes de la región. Yo estaba tan rendida que me
volví de espaldas para seguir durmiendo, pero eso no fue posible, pues
mamá me llamó de pronto con cara de terror y bañada en lágrimas, para
pedirme que trajera inmediatamente a mi padre, sin despertar a
Guillermo. Cuando regresamos nos dio la noticia de que su madre había
amanecido muerta.
Papá pidió calma para analizar la situación, pero él
también estaba desolado pues adoraba a la abuela. Mamá lloraba sin
parar, no solo de pena sino de preocupación, pensando qué íbamos a
hacer tan lejos de casa y sin tiempo ni dinero para enfrentarnos a
los gastos y trámites del traslado del cuerpo a otro país.
La noche anterior papá había dicho que teníamos apenas la cantidad de
Sucres
necesarios para los gastos básicos del viaje, y
advirtió que por ningún motivo podíamos comprar más chucherías. Para
colmo de males en el hotel no había teléfono, aunque tal vez haya sido
mejor así pues de todos modos nuestra familia no hubiera podido
trasladarse de Colombia a Ecuador, y nosotros no estábamos dispuestos
a quedarnos por más tiempo.
Mientras mamá iba de un lado para otro sin saber qué hacer, mi padre
salió del cuarto. Unos minutos antes, cuando mi madre y yo
considerábamos por enésima vez nuestra situación, ella había sugerido
pasar a la abuelita sin que la policía se enterara de su condición.
Tal vez sí la arropábamos bien y la sentábamos en el asiento posterior
del carro, con el cinturón de seguridad, podríamos decir que estaba
enferma o dormida. Y en ese momento me tuve que meter un pañuelo en la
boca para no soltar la carcajada pues me vino a la mente la leyenda
del Mío Cid, cabalgando muerto sobre su caballo. Al fin concluimos
que la idea era una locura, pues de sobra sabíamos que en la frontera
harían bajar a todo el mundo y revisarían cuidadosamente el carro.
Por fin al poco rato reapareció mi padre con la caja de un televisor
SONY en sus manos. Ante el presentimiento de lo que se proponía hacer,
mi madre se puso histérica diciendo que por nada en el mundo
permitiría semejante falta de respeto hacia la que en vida fuera su
madre. Mi padre entonces, sin poder ocultar su confusión, dijo que iba
a despertar a mi hermano, y mientras tanto exigía que mamá aportara
una solución viable.
Como no hubo otra alternativa ‘empacamos’ a la abuelita en la caja del
televisor. A Guillermo le dijimos que se había ido en avioneta con
unos amigos y como estaba tan dormido no hizo más preguntas. El viaje
se convirtió desde ese momento en una pesadilla. Estábamos tristes,
cansados y sobre todo aterrorizados de pensar en que si la policía nos
descubría estaríamos perdidos. Papá hasta se imaginaba ya los
titulares de prensa: "Periodista colombiano acusado de transportar el
cadáver de su suegra en una caja de cartón, para pasar la frontera
entre Ecuador y Colombia".
Serían las doce del día cuando notamos una tranca de carros en la
carretera, por lo cual comprendimos que había problemas en la aduana.
Mis padres se miraron uno a otro presas del pánico pues la mayor
parte de los turistas que encontramos durante esa semana comentaban
que pasar de un país a otro se hacía cada vez más complicado, y que en
algunos casos requisaban hasta el último bolsillo de los pasajeros.
Como la cola de vehículos no se movía resolvimos hacernos a un lado y
entrar al restaurante que teníamos al frente, y que estaba situado
como a unos doscientos metros de la línea fronteriza. Parqueamos la
camioneta en un lugar alejado, bajo un árbol gigantesco, pues ya
empezaba a preocuparnos la inminente descomposición del cadáver si la
temperatura y el tiempo de espera seguían aumentando. Necesitábamos
comer algo y relajarnos, si es que eso era posible. Ya nos habíamos
hecho a la idea de que después de muerta una persona da lo mismo una
caja de cartón que una de pino, pero nos aterrorizaba el mero
presentimiento de los acontecimientos futuros. Papá fumaba como una
chimenea, mi madre se comía la pintura de las uñas, y yo hacía lo
posible por distraer a Guillermo jugando con una máquina electrónica.
La tensión en el restaurante, lleno de turistas, crecía por momentos.
Todo el mundo hablaba a gritos y cada quien tenía una versión
diferente de lo que acontecía a corta distancia de allí. Unos decían
que habían encontrado un cargamento de marihuana, otros que de armas
para la guerrilla, otros que de químicos para procesar cocaína, y
hasta hubo alguien que aseguró haber visto una patrulla de seguridad,
escoltando esposados a varios mercenarios israelitas, quienes se
encontraban en la zona fronteriza adiestrando terroristas y grupos
paramilitares. Los más optimistas aseguraban que en contados minutos,
y ante la avalancha de trabajo, los guardias de aduana acabarían por
dejar pasar a todo el mundo sin problemas, aceptando a cambio un poco
de ‘ají’. Con esto último estaba contando mi padre, quien había
decidido sacar un billetico de cincuenta dólares, que guardaba para
emergencias, con la esperanza de que en esa forma nos dejaran pasar el
'televisor’ sin ningún obstáculo.
Serían las dos de la tarde cuando los carros empezaron a moverse. Mi
padre entonces se puso de pie e inició su rutina final, tratando de
demostrar serenidad. Puso la factura del televisor, que
afortunadamente encontró en la caja, los cincuenta dólares y su
tarjeta de periodista, que en más de una ocasión nos había abierto las
puertas, en el bolsillo de su chaqueta, y dijo que iba a traer la
camioneta. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando lo vimos regresar a
los pocos minutos con el rostro demudado y corriendo como un loco.
Cuando llegó donde nosotros y mirando de reojo a Guillermo, gritó
fuera de sí: "Se nos robaron el televisor". Al oír esto mi madre se
desplomó en su asiento y tuvimos que darle un sedante. Cuando estuvo un poco más tranquila la dejamos con Guillermo y nos
apartamos del grupo para decidir en qué forma íbamos a actuar. La
situación era en extremo compleja, empezó a decir papá, y las
posibilidades de recuperar el cuerpo de la abuela casi nulas, pues
quien quiera se hubiera robado el ‘televisor’, digo la abuelita,
estaría en esos momentos muy lejos de allí por miedo de que la policía
fuera informada del robo. Y nosotros desafortunadamente no podíamos
hacer eso. ¿Cómo íbamos a presentarnos a las autoridades con la
historia, por demás macabra, de que llevábamos un cadáver dentro de
una caja? Así que decidimos hacer lo único posible en esas
circunstancias: Tragarnos nuestra tristeza y nuestra angustia y
continuar el viaje sin decir nada a nadie. Ya veríamos después cómo
enfrentarnos a nuestros familiares en Sevilla.
Mamá estaba como atontada por las emociones del día y la droga que le
dimos, y continuó así por el resto del viaje. Antes de llegar, y
aprovechando que ella empezaba a tomar conciencia del tiempo y del
lugar, papá ordenó en forma perentoria: "Ni una palabra a nadie
mientras hasta que yo hable con Jorge".
En el periódico local salió al otro día el siguiente anuncio con la
explicación
que se dio a los familiares:
"La familia Reyes Prieto siente comunicar a sus parientes y amigos
que su queridísima madre y abuela Doña Carolina Prieto de Reyes dejó
de existir en la ciudad de Pasto, el pasado 15 de abril, e invita a
una misa solemne que por el eterno descanso de su alma se oficiará el
próximo domingo, a las ll:00 a.m., en la Iglesia del Redentor".
"¿Y dónde la enterraron?", preguntan los curiosos. "La
hicimos cremar según su última voluntad, y esparcimos sus cenizas al
viento para que su espíritu siga recreándose con la naturaleza que
tanto amó, por los siglos de los siglos", contestamos
enfáticos;
muertos de miedo de que algún sabelotodo nos salga con el cuento de
que en la ciudad de Pasto todavía no existen hornos crematorios".