DOÑA CAROLINA VIAJA DE INCÓGNITO
 
   

                           DOÑA CAROLINA VIAJA DE INCÓGNITO
 

   

                           Por Amparo Jaramillo-Restrepo

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           ¡Silencio absoluto! Es el turno de Elena para leer su tarea de literatura y participar así en el concurso de cuentos del mes que organiza su profesora de español en la escuela secundaria. Su trabajo dice lo siguiente:

             Las cosas empezaron a complicarse cuando salimos de Quito el viernes. La abuela había disfrutado al máximo nuestras vacaciones de Semana Santa en Ecuador, y nos sentíamos muy contentos de haberla tenido como compañera de viaje y comprobar una vez más su sentido del humor, su inteligencia y su gran sensibilidad ante las cosas bellas del hermano país, como dicen los colombianos refiriéndose a Ecuador. Al leer el nombre de algunos de los pueblos por donde cruzábamos recordaba anécdotas ocurridas en la guerra de independencia aprendidas en su niñez. ¡Qué prodigiosa memoria la suya! Pero esa tarde la notamos decaída, aunque no se quejó de nada, y papá sugirió acortar la jornada con el fin de que ella pudiera descansar mejor, y madrugar al día siguiente para llegar a Pasto por la noche. Luego, el domingo, haríamos la última parte del trayecto para llegar a Sevilla según lo planeado, pues él debería reintegrase al trabajo el lunes y yo a la escuela en Nueva York, una semana después.

              Como viajábamos en una camioneta Rambler nuevecita, propiedad del tío Jorge, no tuvimos problemas de transporte. La carretera es estupenda, el paisaje bellísimo, similar al del sur de Colombia, con sus pequeños cultivos de diferentes colores que a la distancia semejan una gigantesca colcha de retazos-- o quilts, como decimos en inglés--y los Andes con sus volcanes y nevados magníficos, cual dioses dormidos sobre un cielo siempre cambiante. La población campesina está compuesta en su gran mayoría por indios, cuyos rostros estatuarios parecen tallados a cincel por la mano implacable del tiempo. Y  allí los encuentra  uno a la vera del camino vendiendo cachivaches, flores o frutas.

              Como a las cuatro de la tarde llegamos a un restaurante, y después de descansar y tomar una sopa caliente, preguntamos si era posible hallar un hotel decente en los alrededores. Nos dieron la dirección de El Mirador, una hostería colonial levantada en una pequeña colina y rodeada completamente de flores. Los dueños son unos suizos que, después de viajar por toda Suramericana, resolvieron quedarse en Ecuador subyugados por la belleza del paisaje, la pureza del ambiente y la bondad de sus gentes.

               Pedimos dos cuartos: Uno para Guillermo y mis padres, y otro para la abuela y yo. Ella se acostó inmediatamente. Como se quejaba de frío, le dimos un té caliente, colocamos en el dormitorio un calentador de ambiente que nos facilitó la dueña del hotel, la arropamos bien, y ante su insistencia de que todo lo que tenía era cansancio, que no nos preocupáramos, decidimos dejarla tranquila.

              Hacía un frío que se le metía a uno hasta los huesos, así que nos refugiamos en el salón principal cuyo único lujo consistía en una hermosa chimenea, y nos dedicamos a charlar y a escuchar música andina.  Al poco rato  mi padre descubrió un billar y se puso a jugar con el suizo. Como a las diez de la noche nos despedimos, pagamos la cuenta, y subimos a nuestras habitaciones pues pensábamos madrugar al otro día. Mamá fue a mirar a la abuela para ver si necesitaba algo, pero decidimos que sería mejor no despertarla y nos acostamos sin hacer el menor ruido.

               Dormimos como piedras esa noche hasta que el despertador sonó a las cuatro de la mañana y a poco mamá se levantó y vino a nuestro cuarto para llamar a la abuelita. Ella había insistido la noche anterior en que la llamaran de primera, agregando que por nada en el mundo se perdería el espectáculo de los nevados al amanecer, cuando pueden contemplarse en toda su belleza  pues luego se cubren de niebla y se “encapotan”, como dicen los habitantes de la región. Yo estaba tan rendida que me volví de espaldas para seguir durmiendo, pero eso no fue posible, pues mamá me llamó de pronto con cara de terror y bañada en lágrimas, para pedirme que trajera inmediatamente a mi padre, sin despertar a Guillermo. Cuando regresamos nos dio la noticia de que su madre había amanecido muerta. 
               Papá pidió calma para analizar la situación, pero él también estaba desolado pues adoraba a la abuela. Mamá lloraba sin parar, no solo de pena sino de preocupación, pensando qué íbamos a hacer  tan lejos de casa y sin tiempo ni dinero para enfrentarnos a los gastos y trámites del traslado del cuerpo a otro país. 

                La noche anterior papá había dicho que teníamos apenas la cantidad de Sucres
necesarios para los gastos básicos del viaje, y advirtió que por ningún motivo podíamos comprar más chucherías. Para colmo de males en el hotel no había teléfono, aunque tal vez haya sido mejor así pues de todos modos nuestra familia no hubiera podido trasladarse de Colombia a Ecuador, y nosotros no estábamos dispuestos a quedarnos por más tiempo.

             Mientras mamá iba de un lado para otro sin saber qué hacer, mi padre salió del cuarto. Unos minutos antes, cuando mi madre y yo considerábamos por enésima vez nuestra situación, ella había sugerido pasar a la abuelita sin que la policía se enterara de su condición. Tal vez sí la arropábamos bien y la sentábamos en el asiento posterior del carro, con el cinturón de seguridad, podríamos decir que estaba enferma o dormida. Y en ese momento me tuve que meter un pañuelo en la boca para no soltar la carcajada pues me vino a la mente la leyenda del Mío Cid, cabalgando muerto sobre su caballo. Al fin  concluimos que la idea era una locura, pues de sobra sabíamos que en la frontera harían bajar a todo el mundo y revisarían cuidadosamente el carro.  Por fin al poco rato reapareció mi padre con la caja de un televisor SONY en sus manos. Ante el presentimiento de lo que se proponía hacer, mi madre se puso histérica diciendo que por nada en el mundo permitiría semejante falta de respeto hacia la que en vida fuera su madre. Mi padre entonces, sin poder ocultar su confusión, dijo que iba a despertar a mi hermano, y mientras tanto exigía que mamá aportara una solución viable.

               Como no hubo otra alternativa ‘empacamos’ a la abuelita en la caja del televisor. A Guillermo le dijimos que se había ido en avioneta con unos amigos y como estaba tan dormido no hizo más preguntas. El viaje se convirtió desde ese momento en una pesadilla.    Estábamos tristes, cansados y sobre todo aterrorizados de pensar en que si la policía nos descubría estaríamos perdidos. Papá hasta se imaginaba ya los titulares de prensa: "Periodista colombiano acusado de transportar el cadáver de su suegra en una caja de cartón, para pasar la frontera entre Ecuador y Colombia".

            Serían las doce del día cuando notamos una tranca de carros en la carretera, por lo cual comprendimos que había problemas en la aduana. Mis padres se miraron uno a otro presas del  pánico pues la mayor parte de los turistas que encontramos durante esa semana comentaban que pasar de un país a otro se hacía cada vez más complicado, y que en algunos casos requisaban hasta el último bolsillo de los pasajeros.

               Como la cola de vehículos no se movía resolvimos hacernos a un lado y entrar al restaurante que teníamos al frente, y que estaba situado como a unos doscientos metros de la línea fronteriza. Parqueamos la camioneta en un lugar alejado, bajo un árbol gigantesco, pues ya empezaba a preocuparnos la inminente descomposición del cadáver si la temperatura y el tiempo de espera seguían aumentando. Necesitábamos comer algo y relajarnos, si es que eso era posible. Ya nos habíamos hecho a la idea de que después de muerta una persona da lo mismo una caja de cartón que una de pino, pero nos aterrorizaba el mero presentimiento de los acontecimientos futuros. Papá fumaba como una chimenea, mi madre se comía la pintura de las uñas, y yo hacía lo posible por distraer a Guillermo jugando con una máquina electrónica.

               La tensión en el restaurante, lleno de turistas, crecía por momentos. Todo el mundo hablaba a gritos y cada quien tenía una versión diferente de lo que acontecía a corta distancia de allí. Unos decían que habían encontrado un cargamento de marihuana, otros que de armas para la guerrilla, otros que de químicos para procesar cocaína, y hasta hubo alguien que aseguró haber visto una patrulla de seguridad, escoltando esposados a varios mercenarios israelitas, quienes se encontraban en la zona fronteriza adiestrando terroristas y grupos paramilitares. Los más optimistas aseguraban que en contados minutos, y ante la avalancha de trabajo, los guardias de aduana acabarían por dejar pasar a todo el mundo sin problemas, aceptando a cambio un poco de ‘ají’. Con esto último estaba contando mi padre, quien había decidido sacar un billetico de cincuenta dólares, que guardaba para emergencias, con la esperanza de que en esa forma nos dejaran pasar el 'televisor’ sin ningún obstáculo.

              Serían las dos de la tarde cuando los carros empezaron a moverse. Mi padre entonces se puso de pie e inició su rutina final, tratando de demostrar serenidad.  Puso la factura del televisor, que afortunadamente encontró en la caja, los cincuenta dólares y su tarjeta de periodista, que en más de una ocasión nos había abierto las puertas, en el bolsillo de su chaqueta, y dijo que iba a traer la camioneta. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando lo vimos regresar a los pocos minutos con el rostro demudado y corriendo como un loco.

               Cuando llegó donde nosotros y mirando de reojo a Guillermo, gritó fuera de sí: "Se nos robaron el televisor". Al oír esto mi madre se desplomó en su asiento y tuvimos que darle un sedante. Cuando estuvo un poco más tranquila la dejamos con Guillermo y nos apartamos del grupo para decidir en qué forma íbamos a actuar. La situación era en extremo compleja, empezó a decir papá, y las posibilidades de recuperar el cuerpo de la abuela casi nulas, pues quien quiera se hubiera robado el ‘televisor’, digo la abuelita, estaría en esos momentos muy lejos de allí por miedo de que la policía fuera informada del robo. Y nosotros desafortunadamente no podíamos hacer eso. ¿Cómo íbamos a presentarnos a las autoridades con la historia, por demás macabra, de que llevábamos un cadáver dentro de una caja? Así que decidimos hacer lo único posible en esas circunstancias: Tragarnos nuestra tristeza y nuestra angustia y continuar el viaje sin decir nada a nadie. Ya veríamos después cómo enfrentarnos a nuestros familiares en Sevilla.

               Mamá estaba como atontada por las emociones del día y la droga que le dimos, y continuó así por el resto del viaje. Antes de llegar, y aprovechando que ella empezaba a tomar conciencia del tiempo y del lugar, papá ordenó en forma perentoria: "Ni una palabra a nadie mientras hasta que yo  hable con Jorge".
 

              En el periódico local salió al otro día el siguiente anuncio con la explicación que se dio a los familiares:

             "La familia Reyes Prieto siente comunicar a sus parientes y amigos que su queridísima madre y abuela Doña Carolina Prieto de Reyes dejó de existir en la ciudad de Pasto, el pasado 15 de abril, e invita a una misa solemne que por el eterno descanso de su alma se oficiará el próximo domingo, a las ll:00 a.m., en la Iglesia del Redentor".

            "¿Y dónde la enterraron?", preguntan los curiosos. "La hicimos cremar según su última voluntad, y esparcimos sus cenizas al viento para que su espíritu siga recreándose con la naturaleza que tanto amó, por los siglos de los siglos", contestamos enfáticos; muertos de miedo de que algún sabelotodo nos salga con el cuento de que en la ciudad de Pasto todavía no existen hornos crematorios".

                

   

  

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