REGRESO A LA VIDA

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REGRESO A LA VIDA

Por amparo Jaramillo Restrepo

En un rescate humanitario sin precedentes, ejecutado por el ejército Colombiano, en el mes de junio del año en curso, fueron rescatados con vida l2 colombianos, y tres estadounidenses, secuestrados de tiempo atrás por las FARC, la guerrilla más antigua y una de las más crueles que hayan existido en Colombia.

          “Estamos muertos en vida”, decía una de las cartas de Ingrid Betancourt Pulecio,  excandidata a la Presidencia colombiana y todos los rescatados, cada uno a su modo y por diferentes medios, han descrito la odisea de su cautiverio en medio de una selva impenetrable que no deja ver ni sentir el sol; rodeados de serpientes, mosquitos y otra clase de insectos; en una permanente huída por terrenos inhóspitos, alejados por completo de la civilización,  con gruesas cadenas y pesados candados al cuello como si fueran animales, y privados de las mínimas comodidades modernas; con una dieta de hambre, sufriendo toda clase de vejámenes desde el acoso sexual hasta los insultos y maltratos constantes, en campos alambrados.  Con la presencia eterna de la muerte.

           Así son los campos de concentración donde las FARC que se dicen “luchadores por la libertad”, mantienen a sus cautivos en pleno SIGLO XXI, y no deja de sorprenderme que aún después de tantos testimonios que llegaron, es cierto a cuenta gotas, por muchos años y a raudales ahora que han regresado casi 20 secuestrados en distintas fugas u operaciones, existan aún varias ONGs alrededor del mundo, que apoyan y sostienen económicamente a las FARC a pesar de su récord criminal.
 
             Porque es importante que las gentes en todas partes del planeta sepan que ese ejército ilegal, que pretende luchar por los más pobres, está regresando a Colombia a la edad de piedra, destruyendo con sus ataques terroristas torres de energía, oleoductos, pueblos pequeños en los cuales no dejan piedra sobre piedra, pues con el puesto de policía vuelan la iglesia, la escuela y la farmacia, y mueren por igual niños y ancianos, porque la muerte no discrimina sexos ni edades.

              Sus actividades y su moderno armamento se sostienen con el comercio de las drogas ilícitas que roban o cultivan, y sus métodos criminales han llegado desde el extremo de secuestrar a plena luz del día, en un operativo militar de película, a varios miembros de la Asamblea del Valle, sacados con engaños del mismísimo Palacio de San Francisco en Cali, hasta cercar con infames minas quiebra patas pueblos enteros como Samaniego al sur de nuestro país, donde sus habitantes han vivido como prisioneros por varios meses.

               En innumerables sitios del Internet puede el lector informarse más detenidamente acerca de las FARC, el operativo militar “Jaque Mate” que rescató a los últimos secuestrados y hasta la biografía de Íngrid Betancourt Pulecio, a quien las FARC consideró siempre  como “la joya de la corona” debido a ser ciudadana colombo-francesa, a la  constante lucha de su familia en Francia y en Colombia, y la intervención de importantes figuras internacionales como el actual Presidente de Francia.

               Yo quisiera solamente dar testimonio de lo que he visto y leído acerca de estos extraordinarios seres humanos, desde Íngrid hasta el último soldado y policía, a quienes vimos regresar de la selva, volver a nacer, aspirar por primera vez el aroma inigualable de la libertad, con la frente en alto, con su cuerpo debilitado por infinidad de enfermedades tropicales, y su alma seguramente marcada por innumerables traumas, de esos que no se aprecian en una fotografía, pero sin amargura, llenos de esperanza hacia el futuro, sobrecogidos por el agradecimiento a Dios primero, al Ejército de Colombia que los rescató, a sus familias que no los abandonaron nunca, y a los países amigos que estuvieron siempre ahí tratando de negociar su liberación. Sin amargura hacia algunos de sus carceleros jóvenes, casi niños, que están tan prisioneros como ellos, reclutados por las FARC con falsas promesas para huir del hambre o de la desintegración de las familias.

                 Sin duda alguna la recuperación será lenta. Porque si fue posible escapar del secuestro físicamente, no será tan fácil liberarse de esa maraña de pesadillas que los atormentan.

                  Es emocionante por eso mismo, contemplar a una Ingrid Betancourt con su inteligencia no solo intacta, sino enriquecida con esta amarga experiencia y por la madurez que se alcanza solamente en largos períodos de reflexión, dando declaraciones aquí y allá, en tres idiomas que maneja a la perfección, sin olvidar nunca a aquellos que le ayudaron a sobrellevar su cautiverio o a los que quedaron atrás, enterrados en la manigua. Tanto ella, como el resto de los hombres y mujeres liberadas últimamente, sin distinción de nacionalidades o de sexo, han prometido solemnemente continuar la lucha para erradicar de nuestra querida  Colombia el flagelo aterrador del secuestro.

               Y si de toda esta tragedia resulta un candidato al Premio NÓBEL de la Paz, que sea para los periodistas responsables de programas como LAS VOCES DEL SECUESTRO, y otros programas que se emiten todos los días al amanecer, y han sido por años como un cordón umbilical para alimentar la fe, la esperanza y los sueños de los secuestrados con las noticias y las voces de sus seres queridos. Esos luchadores infatigables por la libertad son nuestros héroes anónimos.

 

Buga, Colombia, julio del 2008

 

   

  

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