EL EFECTO BUMERANG

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EL EFECTO BUMERANG  (Carta desde Colombia)

Por Amparo Jaramillo-Restrepo

           Para muchos latinoamericanos, especialmente los que hemos vivido en los Estados Unidos y tenemos una perspectiva más amplia sobre las relaciones de ese país con Latinoamérica, es obvio que cuando hablamos de la vieja política de gobernar a los  pueblos con la zanahoria y el garrote, a nuestros  países latinoamericanos les tocó siempre el garrote, mientras la zanahoria entera se la entregaban a Europa primero y luego a Asia, especialmente a China, durante los últimos 20 años.

           Después de todo los latinoamericanos no hablamos inglés y nuestro origen étnico es una mezcla de europeos, blancos, indios y negros. Además, a la mayor parte de los estadounidenses se les enseña en la escuela que su país es un continente aparte, mientras nosotros aprendemos  que AMERICA empieza en La Tierra de Fuego, al sur de Argentina, y termina en el Polo Norte. De ahí que nos llamemos y consideremos americanos, hasta el punto de que nuestros niños cantan “Dios Salve América” en la escuela,  en español.

            Pero al ignorar y explotar a los países latinoamericanos en la forma en que el gobierno  y las grandes corporaciones estadounidenses lo han hecho, y al imponernos tratados de comercio injustos, el tío Sam no solamente  ha arruinado  nuestras economías causando desempleo, pobreza y resentimiento al sur del Río grande, sino que al mismo tiempo ha generado un ola masiva de inmigrantes latinos a su país. Eso es lo que yo, una escritora anónima sin un  doctorado en ciencias políticas, llamo “El Efecto Bumerang”.

              El bumerang económico es un arma tan efectiva en los tiempos modernos como el bumerang fabricado en madera por tribus primitivas, cuya característica era devolverse indefectiblemente para golpear al lanzador. Así vemos por ejemplo que al desplazar las fuentes de empleo al Asia, los EU no solamente produjeron desempleo y malestar en su propio país, sino que en el caso de China crearon el monstruo del Siglo XXl cuyos tentáculos se estiran cada día más para estrangular la economía del continente entero.

              Al regresar a Colombia compruebo con dolor cómo el comercio de ciudades y pueblos está invadido por toda clase de productos chinos los cuales entran fácilmente a nuestro país,  pues si uno mira el mapa, se da cuenta de que con los sofisticados medios de transporte modernos, entre la China y nuestra costa pacífica no hay sino un brinco. Con el nefasto resultado de que algunas de nuestras empresas, como las fabricantes de zapatos por ejemplo, han tenido que cerrar sus negocios incapaces de competir con los zapatos chinos de $500 pesos el par que se venden en el mercado hasta por $5.000 pesos ( el equivalente de 2 dólares.) En esa forma tendremos ahora más desempleados, para sumarlos a los desplazados por la violencia.

             Otra noticia preocupante que parece cierta es la de que los Chinos están reciclando  maquinaria y electrodomésticos usados para enviarlos a los países del tercer mundo cuyas leyes de protección al cliente son casi inexistentes, para venderlos en el mercado negro. Que tengan cuidado los venezolanos, no sea que su petróleo, que tanto anhela el gigante chino, se lo paguen con maquinaria de segunda. Lo cual tampoco tendría nada de extraño, pues como ya no pueden comprarnos con baratijas como hicieron los conquistadores españoles, algunos de nuestros “socios” europeos y estadounidenses nos han venido vendiendo aviones, helicópteros, maquinaria y hasta fusiles obsoletos. Sin mencionar por supuesto prácticas peores, como las de exportar libremente a nuestros países los medicamentos, pesticidas  y otros químicos letales prohibidos por las autoridades en sus propios países.

               Pero volviendo al “Efecto boomerang” cuyo ejemplo más claro es el de la guerra de Irak desatada supuestamente para acabar con el terrorismo, y que lo que ha hecho  en cambio es causar más terrorismo alrededor del mundo, fuera del saldo trágico de miles de vidas humanas y billones de dólares dilapidados en vano.

              Desafortunadamente es ya demasiado tarde para parar la inmigración latinoamericana. Justamente hoy, mientras escribo esta carta, nuestros hermanos ecuatorianos lloran la muerte de un centenar de seres queridos quienes perecieron ahogados en la bodega de un barco en el cual se habían embarcado, viajando como sardinas, con rumbo a Guatemala, con la esperanza de alcanzar más tarde el elusivo sueño americano.

                De acuerdo con una amiga, tanto en Ecuador como en Perú hay pueblos enteros donde las mujeres están encargadas de cuidar de  los niños, los ancianos y los asuntos comunitarios, mientras los hombres trabajan en el extranjero. Todavía me duele el espectáculo de aquel niñito peruano que pidió una audiencia con el Presidente Toledo para decirle tímidamente: “Por favor, haga que nuestro padre regrese”. Porque como me dijo muy sabiamente una mujer inmigrante en Florida, hasta los pájaros emigran en busca de alimento, o de trabajo en este caso.

                Si, es demasiado tarde para frenar la masiva inmigración latina, a menos que los países ricos se convenzan de que la única forma es invertir en nuestros países para crear empleo y mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Porque de lo contrario,  Latinoamérica va a continuar convirtiéndose poco a poco en una bomba de tiempo.

               Me temo mucho también que es demasiado tarde ya para detener el dragón chino, pues aunque China es una dictadura, irónicamente es también el socio favorito de los Estados Unidos y su principal prestamista. Así  que ante esta realidad, para negociar con los nuevos amos tendremos todos que aprender chino.

 

Buga, Colombia, agosto del 2005

 

 

 
   

  

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