CARTA DESDE COLOMBIA

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           CARTA DESDE COLOMBIA

        Por Amparo Jaramillo-Restrepo

 
        Amigos, algunas veces la loca carrera de los acontecimientos me abruma y no me deja alientos para escribir. Pero en este momento, ante la muerte violenta de Facundo Cabral, ese mensajero de la paz, asesinado brutalmente, no deseo sino GRITAR, que todas nuestras conquistas modernas, las armas sofisticadas, la multitud de aparatos inútiles que presuntamente nos permitirían no solo comunicarnos con más rapidez sino entendernos y respetarnos mejor, han sido solamente falsas promesas de tener un mundo mejor, mientras millones de seres humanos se hunden en la miseria y la violencia. “No quiero que nadie vaya a la luna” con mi esfuerzo dice un hermoso poema de una de mis poetisas favoritas.  Tampoco yo contribuiría con mis pocos recursos o mis palabras para apoyar los programas espaciales, en un multimillonario derroche de dinero, para buscar planetas nuevos, mientras nuestro planeta agoniza ante la indiferencia de todos los poderosos de la tierra.

         Sucede en todo el mundo, no solo en México, sino también en Colombia, o los Estados Unidos la patria de mis nietos, en donde se considera más productivo construir cárceles que escuelas o centros de rehabilitación. Por eso hemos perdido varias generaciones de jóvenes, que son casi siempre las víctimas o victimarios de esta violencia sin nombre que nos agobia. Así no se combate el crimen. Se incrementa.

         El caso de los Estados Unidos donde un grupo de congresistas sin ninguna ética insiste en proteger a los más adinerados, mientras niegan al resto de la población un seguro de salud, es por decir lo menos obsceno. Lo mismo que su insistencia en continuar la carrera armamentista, sin importarles que muchas de las armas que fabrican caigan en manos de las mafias centroamericanas o las guerrillas de Colombia, Asia o África. Me duelen los niños soldados cargando sobre sus frágiles espaldas un fusil, en lugar de un libro o un juguete, porque su país les dio la espalda y no tienen más alternativa, para escapar del hambre y el abandono, que irse a la guerra. Me horrorizan la irresponsabilidad de Colombia, Venezuela o Brasil que gastan billones de dólares en armamento, mientras las gentes pobres agonizan de desnutrición  en los guetos o favelas de las grandes ciudades. En Cartagena, la joya de la corona colombiana, las estadísticas de nuestro propio gobierno, denuncian que la tercera parte de la población se acuesta cada día con hambre. Pero por supuesto nadie hace nada por cambiar la situación.

          Les hemos dado la espalda a generaciones enteras de jóvenes producto de familias destruidas y sistemas corruptos, y ahora, cuando no nos hemos empeñado en saciar su hambre, ni en crear programas que los preparen y les asegure empleos decentes, lo primero que se nos ocurre es construir más cárceles, que son por supuesto escuelas,  pero de crimen.

           Nunca olvido la historia de una chica negra en los Estados Unidos, quien cometió un robo para que la metieran a la cárcel. Así al menos tendría,  por unos días, un techo y una comida asegurada para su hijita.

         Me duelen por fin los inmigrantes ilegales en los Estados Unidos, que llegaron empujados por el hambre y son perseguidos como alimañas y traicionados por sus propios hermanos, aquellos que llegaron con casa, carro y beca, en tiempos de bonanza, educaron sus hijos gratuitamente y amasaron fortunas, pero perdieron la memoria y la compasión.

 

Buga., Colombia. Verano del 2011

 

   

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